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“Los ojos del pelícano”, de Fernando Valverde marzo 29, 2011

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“Kuala Lumpur” de Carles Casajuana marzo 27, 2011

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La penúltima novela de Carles Casajuana hará las delicias de cualquier aficionado al género negro. Miguel Cuadrado es asesinado en los sótanos de las Torres Petronas de Kuala Lumpur, y el acusado resulta el amante de su mujer, Andrés Miñambres. A las autoridades malayas les viene como anillo al anular o al dedo que se tercie culpar a otro español, ambos compañeros de profesión aunque rivales, para dejar el caso sentenciado como una riña entre extranjeros, algo que no ensuciará el prestigio nacional. Pero un hombre gris de la embajada española, Jordi Sureda, decide tomar cartas en el asunto ante las sospechas de negocios turbios en las adjudicaciones de las empresas contratistas de las Torres. El embajador le pide que deje trabajar a la policía, que no pretenda resolver un caso que excede sus atribuciones, y en un país extranjero, celoso de sus costumbres y su honor, un entorno en el que él es aún un recién llegado.

El plato de la investigación ya está servido pero, como es habitual en la buena narrativa negra, Carles Casajuana añade condimentos sustanciales a la trama que son los que verdaderamente construyen la novela, convirtiendo la identidad del asesino en una cuestión secundaria, y centrando el interés en el modo en que Jordi Sureda podrá demostrar la inocencia de Miñambres. Al mismo tiempo, las escenas se suceden con velocidad de diapositiva, instantáneas que nos remiten a un inmigrante indonesio que trabaja en las Torres, y cuya función en la historia aparece muy diluida, pero no por ello menos necesaria, y de quien pasamos a una pareja de alemanes con problemas en su matrimonio, lo que lleva a la mujer a contratar a un detective privado, y sobre todo asistimos a las cuitas sentimentales de Jordi Sureda, seducido por la china Cherry Lee, enamorada del español honesto y respetuoso, alguien que no la trata como una criada o un objeto. Jordi recibirá la visita de su novia al cabo de quince días y deberá vivir entre las preocupaciones del caso Cuadrado y la inclinación irresistible hacia la bondad de Cherry.

Kuala Lumpur recuerda a las descripciones de Somerset Maugham, las tramas de Graham Greene y la profundización en la mentalidad del sudeste asiático de André Malraux. Dice un personaje: “Esto es Malasia, amigo mío. Yo no sé cómo se hacen las fortunas en España, pero aquí estas cosas se hacen con magnificencia, sin pararse en barras. Ya conoce el eslogan del gobierno: Malaysia boleh! Malasia puede. No hay más límite que el cielo”. Los malayos están orgullosos de haber nacido en su país, el concepto de educación está arraigado en la sociedad a fuego y los valores éticos son significativamente distintos de los occidentales, pero Carles Casajuana hace gala de los conocimientos adquiridos en su trabajo como diplomático para llevarnos a Kuala Lumpur y percibir esta exótica ciudad con todos los sentidos: la humedad, la selvática naturaleza, los rascacielos que se levantan como cordilleras imponentes… “El tráfico en Kuala Lumpur era cada día más exasperante. Salir del circuito habitual significaba perder horas de atasco en atasco. Y los viernes eran el peor día. A las once y media los malayos dejaban el trabajo para irse a rezar y la ciudad se colapsaba”.

Malasia aúna tradición islámica y la modernidad de un capitalismo salvaje. De los bajos fondos, donde sobrevive el indonesio que quiere regresar a su país con el dinero suficiente para montar un negocio, hasta las altas esferas de la diplomacia internacional, donde hombres blancos disfrutan de todas las comodidades en hoteles y restaurantes al modo europeo, podemos tomar las medidas a un mundo que nos es desconocido, con una prosa correcta y sencilla, que hace buena la máxima barojiana de narrar para entretener, sin descuidar por ello la literatura.
Hasta la última página se marca la diferencia de perspectivas entre oriente y occidente a través del personaje tierno de Cherry Lee. Casajuana utiliza recursos literarios interesantes, sin caer en barroquismos o pedanterías, como el dialogo mudo de Cherry con su hijo de dieciocho meses y los monólogos interiores de Jordi Sureda, que le sirven para razonar su conducta, o el contrapunto de intervenciones en el capítulo XII que recalca la impresión de mosaico en la trama. Una novela muy agradable, con las pretensiones justas, que invitará al lector a seguir atravesando puertas en la obra de Carles Casajuana.

(Kuala Lumpur, de Carles Casajuana, Seix Barral, Barcelona, 2005)

Publicado en la revista Clarín, núm. 59.

“Hogueras en la llanura”, de Shohei Ooka marzo 25, 2011

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Shohei Ooka dio a luz en 1957 un alegato pulcro y elegante a favor de la paz, que, aún hoy, constituye una muestra sólida de la mejor narrativa sobre la II Guerra Mundial, y de la mejor prosa en japonés. El propio autor vivió algunos de los hechos que describe en este pequeño clásico de todos los tiempos, y supo transmitir en cada una de sus páginas los sentimientos de desorientación, miedo y remordimientos que atacan a un soldado vencido.

Porque Hogueras en la llanura es una crónica descarnada de la derrota, las tribulaciones de aquel que no halla su destino una vez que éste le ha sido arrebatado. La conciencia del soldado japonés durante la II Guerra Mundial se dirige por los caminos que dictan el Emperador y la Patria. En el momento en que la Patria abandona a sus hombres a las tropas enemigas, aquellos sufren por sí mismos, pero sufren también por el destino de gloria del que se les ha desposeído.

El soldado Tamura es testigo del hundimiento moral del ejército japonés en una pequeña isla filipina. Herido y tuberculoso es expulsado de su regimiento por inútil para el servicio. Rechazado a su vez en el hospital, donde se han de atender a heridos más graves, se ve obligado a vagar por la selva encontrando en su periplo a compañeros de armas que sobreviven de lo que pueden. Cada personaje que surge de Hogueras en la llanura es una fotografía de un alma herida. Y es que el concepto de alma tiene su importancia: Tamura ahonda progresivamente en sí mismo en busca de respuestas para él y para los demás soldados.

Los ataques enemigos son como avisos de un futuro cierto: avisos de la muerte que acecha tras cada árbol, tras cada bala, tras cada explosión. En la llanura, las hogueras de los rebeldes filipinos hilan mensajes amenazadores para el decaído ejército japonés. Y esto Tamura lo advierte precisamente en un capítulo titulado “El destino”.

Mientras tanto, recorre la selva en busca de comida, pero los hallazgos más decisivos son de otra índole. Una cruz le guía a un pueblo cercano donde llaman su atención unos objetos. Al cabo, resultan ser los cadáveres roídos por los perros de los filipinos que allí vivían. La matanza, con la iglesia como testigo silencioso, provoca una revolución interior en el soldado Tamura, que recuerda su juventud, cuando se acercó curioso a la religión católica. “En ese momento advertí que mi relación con el mundo exterior se había cortado de manera tajante. En esa tierra no había persona alguna que pudiese responder a mi llamada de socorro. “Habrá que resignarse”, fue mi conclusión”.

Tamura se resigna a su suerte; parece que ha encontrado el equilibrio. Pero los derroteros de su huida le llevan a matar a una mujer de manera fortuita por una porción de sal. A partir de ese instante los remordimientos le atormentarán de nuevo. Primero le desconsuela su destino y el de su patria, pero pronto le entristece el destino de la naturaleza humana. Los actos de sus compatriotas con los filipinos, y entre ellos mismos no ayudan a redirigir su preocupación. La soledad y  el miedo le asaltan a cada paso, y sus compañeros de fatigas le dan la espalda.

Los soldados se vuelven egoístas, ariscos y miserables. Pelean entre sí, se venden al enemigo y, como colofón de lo que la degradación humana significa para Tamura, se matan y se comen unos a otros. El tema de la antropofagia recorre las últimas páginas de Hogueras en la llanura como una obsesión. En un momento dado, Tamura se siente transfigurado, más que humano, como un enviado de Dios que ha de limpiar la podredumbre moral de sus semejantes.

Trata de superar su culpa, y discernir dónde empieza la voluntad y dónde el destino. “En el espacio de nuestra vida que queda comprendido entre el azar de nuestro nacimiento y el azar de nuestra muerte, solemos mostrar los escasos sucesos acaecidos como una manifestación  de lo que llamamos nuestra voluntad. Y como resultado, al elemento que da consistencia a esa sarta de sucesos lo denominamos carácter o nuestra vida. Así nos sentimos reconfortados, pero en realidad no nos queda otro remedio que pensar así”.

Una novela de sentimiento y razón, un equilibrio literario inimitable.  Shohei Ooka nos brinda una oportunidad de disfrutar con la lectura y reflexionar sobre nuestras dudas como personas, a partes iguales, con lucidez estremecedora.

(Hogueras en la llanura, de Shohei Ooka, Traducción de Fernando Rodríguez-Izquierdo y Gavala, Libros del Asteroide, Barcelona, 2006)

Publicado en la revista Clarín, núm. 70.

“El comisario Bordelli”, de Marco Vichi marzo 18, 2011

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En una cena se dan cita un asaltador de casas con mala suerte, un forense septuagenario, un joven policía imbuido de leyendas y sabiduría popular, un inventor que amaestra ratones y trata de mejorar a cada paso el bienestar de la humanidad, y un cocinero, que aprendió su oficio a través de una continua emigración por penales de toda Europa, y aún fuera de ella. ¿Qué tienen en común tan singular caterva de personajes? Evidentemente, el comisario Bordelli. Como en un baile, seres anegados en temores, leales y deshonestos, pudorosos y amargados, van girando en torno a un eje vertebrador constituido por un hombre de cincuenta y tres años, esclavo de sus recuerdos de guerra, y que vive en la Florencia del verano de 1963, un estío que, al decir del narrador, fue abrasador, marco en el que el comisario Bordelli tratará de hallar la solución de un crimen, como en toda novela negra que se precie. Así, sus investigaciones sobre la muerte de una rica mujer se perderán entre la bruma del recuerdo, otras muertes y otras angustias, los guisos de su restaurante favorito y las dificultades de saber el cómo del homicidio.

Efectivamente, una de las peculiaridades de esta novela es que desde el principio, o casi, sabemos quién es el autor del asesinato. Las sospechas se dirigen en un único sentido, pero la trama se articula en torno a una ecuación, en la que las incógnitas a despejar no se hallan en el resultado, sino en el cálculo previo. Bordelli y Piras, su recién nombrado ayudante e hijo de un viejo amigo de contienda, evolucionan sobre una nube de dudas, con el homicida u homicidas en el punto de mira, con un móvil plausible e incluso con la intuición que ningún detective, especialmente el literario, debe perder.

El argumento cojea en algunos puntos, casualidades demasiado casuales que suenan a ecos ya escuchados (el rayonazo en el coche de Salvetti, oportunamente descubierto justo cuando Bordelli y Piras ya se iban), o personajes que aparecen sólo para alimentar recuerdos (Elvira), sin aportar nada a la historia salvo ahondar en la descripción de la sempiterna melancolía del comisario. No obstante, no obsta para hallarse ante una lectura absolutamente recomendable, que invita a seguir leyendo, lo cual es el mejor tributo a cualquier obra literaria. Además, dado que esta novela, primera protagonizada por Bordellí, tiene su continuación en crímenes futuros, parece lógico suponer que Marco Vichi aglomera la presentación de individuos con el fin de preparar el terreno de un universo propio, al que irán acudiendo puntualmente escritor y lector, para que éste se regocije con el reencuentro en cada libro. Al final, la investigación se convierte en un escenario, un sutil decorado que enmarca la imagen de una época y unos seres, los partisanos de la Guerra Mundial, que no hallan su sitio en la Italia que despega.

Todos los personajes que aparecen en la novela lo hacen en retratos perfectos, analíticos pero no asépticos, criticados en sus defectos aunque sin perder una cierta clemencia, como si el autor pidiera perdón porque sean tan torpes, dignos y virtuosos, incluso los delincuentes. El comisario de Vichi resulta más amable que otros precedentes de género, ni tan sangriento como los detectives de Hammett, ni tan cínico como el inolvidable Marlowe de Chandler, acercándose más bien a los precedentes patrios como Bevilacqua o Carvalho. Su fuerza está en su bondad de puro simple. Diagnóstica la naturaleza de quienes le rodean al primer vistazo y sin temor de errores. Los silencios también hablan: el personaje de Rosa con su ausencia, esclarecedora de la soledad de Bordelli, y el primo Rodrigo enamorándose cuando no había esperanza, quizás indicándole el camino al soltero comisario; al tiempo, advertimos que el desamparo del protagonista se plasma precisamente en ese silencio, o en el ruido de los recuerdos, los cuales sirven para medir el estado de ánimo de Bordelli, lastrando su comportamiento y aguijoneándole a la vez.

Bordelli recorre la conciencia de los sospechosos, analiza minuciosamente móviles y consecuencia, pero sin sucumbir a un estéril uso de manuales y reglas, el instinto supone un método válido, y la imaginación es el juego que se pone en pie para sacar a la luz las verdades ocultas en el interior de cualquier ser humano. Desde el principio sabemos que Bordelli deja libres a determinados delincuentes, porque “quien roba para comer no es ladrón”, ganándose así las censuras de sus superiores. Al comisario Bordelli, le da igual, él sigue los pasos de la conciencia, bordea el bien y el mal, y los separa para decidir qué proporción hay de cada uno en la mente de un hombre. Marco Vichi nos ofrece un auténtico placer, una novela plagada de aciertos, con una prosa inspirada, que interroga sobre la alma a través de unos personajes tiernos, irreales, imposibles, y por todo lo anterior, también necesarios.

“Obras completas”, de Virgilio marzo 7, 2011

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Hojeo el volumen de las obras completas de Virgilio (Bucólicas, Geórgicas y La Eneida) en una edición soberbia de Ediciones Ibéricas (Madrid, 1968). Tapa dura, verde. Hojas  amarillas por el tiempo. Olor a humedad y polvo. Ya no se hacen libros así. Ni se editan, y casi ni se escriben.

“El campeón y otros cuentos”, de varios autores marzo 7, 2011

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Aunque este volumen del XXXII Concurso “Hucha de oro” lo encabeza un nombre del talento de Felipe Benítez Reyes, el resto de autores son nuevos o bregados en revistas y concursos, sin que, en general, hayan dado el salto aún a la palestra visible del mercado literario. Ello, lejos de restar interés a la obra, otorga un valor añadido, porque nos remite a los cuentistas que vendrán en el futuro a describir temores ocultos, nostalgias imposibles, males de la sociedad o, simplemente, a llenar las horas de nuestra solitaria liturgia de lectores.

Algunos relatos son prescindibles, algo lógico por otra parte, en una selección sujeta al particular juicio de cada lector confrontado con el de un jurado. Otros son meros entretenimientos, como El caso Roncatti de Gustavo Boschetti, una crónica de una muerte anunciada con mucha adjetivación y sorpresa final, o La mancha de la mora (Fernando Escudero Oliver), un relato negro, redondo y bien trabado, sobre la venganza nunca consumada. Y los hay que pretenden sacudir la conciencia de una u otra manera, como en De hormigas y hombres de Pilar Blázquez, una fábula militar sobre la naturaleza humana, relato, si cabe, de triste actualidad, o en La visita de Antonio Llamas-Cánaves, donde el mar nos devuelve el naufragio de un amor que pudo ser, o aquel Arco iris de Leo Aflalo Cohen, que pone en liza un cándido juego de sentimientos.

Por supuesto, en el camino de este aventura narrativa es preciso detenerse en ciertas posadas. Si no el mejor, uno de los mejores cortes del libro es Elogio de la ceguera, que cuenta la historia de una vampírica relación sexual, que no sentimental, en la que una mujer infatigable atrapa a un profesor aturdido por el olvido de su anterior pareja. El hombre cae en las redes de este súcubo del vídeo y la perversión, ensayando mil posturas y grabándolas para recrearse en las imágenes de cada combate amatorio. Al final, llega la ternura y el amor en la persona de una alumna ciega. El argumento es previsible y manido, pero lo decisivo es la frescura de la prosa de Miguel Barreras Alconchel, que sabe dosificar la información y adornarla con situaciones hilarantes y desordenadas, donde algunos adjetivos sobran y otros faltan; pero el cuento, en conjunto, divierte.

En Oxford, que ha obtenido el segundo premio del concurso, Pilar Adón cuenta la gesta de una jovencita que trabaja como guía turística para sobrevivir en el Madrid del siglo XXI. Un cliente gigantesco la somete a un acoso que perturba su realidad de hadas y niños bien hasta el punto de añorar un vinculo de poderosa fuerza que le unía con el acosador. Se podría definir como una historia de amor brusco y fiero, nada que ver con la ternura de Moonriver (Mercedes Castro Díaz), que da voz al recuerdo de Desayuno con diamantes, el romance cursi, lacrimógeno y delicioso, que protagonizaron Audrey Hepburn y George Peppard, y que se recrea en una tarde de cine entre un hombre y una mujer, que se observan en la penumbra, que acechan su comportamiento respectivo, que se estudian mutuamente como en un espejo.

La memoria enterrada (galardonado con el tercer premio) se podría haber titulado “La memoria recuperada”. Un humilde librero alemán halla, entre los escombros de una casa en Berlín este, el diario de un lingüista judío que vivió el Holocausto para perderse en la oscuridad de la muerte y el olvido. El librero decide plagiar el diario dándole forma de novela histórica, y se convierte en un escritor reputado, pero sin sentir como propio el personaje del profesor judío, que se supone ha creado. Ello le ocasiona una angustia indecible y asume la tarea de emular a aquel hombre en su aislamiento, en el sótano de una casa, con unos pocos libros y el recuerdo de la vida en el exterior. Como no podía ser de otro modo, el librero acaba siendo visitado por la locura, y la memoria contenida en el diario se infiltra en su mente, lo abduce, y parece que recupera el sufrimiento del pasado para trasladarlo al presente. Es, sin duda, uno de los relatos mejor tratados por la morosidad con que se dibuja la personalidad del protagonista.

Como una premonición certera el primer premio del concurso recayó en El campeón, la parábola sobre el azar que firma Benítez Reyes. Seis hombres se reúnen para jugar al billar y cada día uno es el campeón en su torneo particular. Es un galardón rotatorio, sometido a los impredecibles designios de la ventura. Al menos hasta que aparece el Perro, un seudónimo que esconde la figura gris de un derrotado, un alcohólico que huele a ginebra y fracaso, pero que, sobre el tapete verde de una mesa de billar, se transforma en la encarnación del Azar, quebrando con su talento las reglas de justicia distributiva que la suerte había escrito en el grupo de amigos, para que cada uno fuera saboreando el licor del triunfo de manera consecutiva. Benítez Reyes utiliza al Perro para reflexionar sobre la Suerte, para trastocar el orden de las cosas: “cuando le llegaba el turno, las carambolas se sucedían con una fatalidad mecánica, igual que en un proceso industrial”. Al final del relato, el narrador descubre que “el universo funciona gracias a un escalofriante sistema de armonías”, que la mala suerte acompaña a todo aquel que la reta. Parece decirnos que todos formamos parte de una gran partida de dados, en la que las posibilidades son idénticas y fatales.

(El campeón y otros cuentos, de varios autores, Ediciones Nostrum, Madrid, 2004)

Publicado en la revista Clarín, núm. 55.

“Bosque”, de Antonio Dal Masetto marzo 1, 2011

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Tanto Siempre es difícil volver a casa como Bosque constituyen dos óperas de la violencia. En la primera Antonio Dal Masetto cuenta la historia de cuatro hombres que encuentran la muerte en una localidad mítica de la provincia de Buenos Aires: Bosque. Allí acuden para robar un banco, y lo que parece un trabajo fácil se convierte en una caza al hombre en la que los odios, rencillas y mezquindades latentes afloran dejando ver la ruindad de sus pobladores.

Los personajes comienzan una huida desesperada por las calles del pueblo, con las dos únicas salidas bloqueadas, sin recibir apenas ayuda o un mínimo de compasión. A medida que avanza la lectura de Siempre es difícil volver a casa advertimos que no son ellos los verdaderos protagonistas, sino los hombres y mujeres de Bosque. A flote sale la inquina y la violencia solapadas bajo la calma polvorienta de los árboles de plátano, como una sombra que despertara con el acontecimiento del robo. Lo que parecía un pueblo tranquilo y pacífico encuentra en el robo del banco el detonante perfecto para dejar escapar los odios acumulados por generaciones de hipocresía social. Poco a poco, Varini, el ingeniero Zamudio, y los demás “muchachos” del pueblo van adquiriendo el matiz de emisarios sangrientos, construyendo un magistral thriller, en el más amplio sentido de la palabra.

Tan largo preludio viene al caso porque sin leer Siempre es difícil volver a casa (también publicada en Tropismos) se pierde parte del espíritu de Bosque. En esta novela se continúa la historia de Siempre… y sigue la línea de ira y animalidad marcada en su predecesora. Aunque el protagonista parece que es Muto, en realidad no es más que un espectador de la violencia, un contemplador del “veneno del lugar”. Su llegada, haciéndose pasar por un guionista de cine que quiere rodar una película sobre el atraco al banco, coincide con una nueva muestra de todo aquello que Bosque esconde. En realidad, Muto llega para reencontrarse con su pasado, ver el lugar donde murió Dante Arditi (uno de los atracadores), el cual le había robado la esposa unos años antes. Quería conocer el destino de su enemigo, y descubre que el final de Dante fue un peaje demasiado caro por los pecados cometidos. Al cabo, no queda claro si Bosque es un purgatorio para los fracasados ladrones o un verdadero infierno.

“Pensaba en lo que había visto y oído en esos días […], en lo que había leído y le habían contado sobre el asalto al Banco y la cacería posterior, la violencia, la ferocidad. Comparaba aquellas imágenes con esta amabilidad, las sonrisas, la cálida iluminación de las vidrieras, la pasividad general. Y el pueblo se le aparecía como un decorado donde todo el tiempo se estuviese llevando a cabo una representación. La fachada de una vasta complicidad para el silencio, para la aceptación de algún tipo de crimen. No los crímenes recientes, los de hacía algunas horas. Sino un gran crimen latente, un viejo crimen, un crimen cometido, un crimen a cometer, un crimen que involucraba todos los crímenes y contagiaba el aire, las personas y las cosas”.

Dal Masetto habla con un lenguaje contundente y rápido, de frases cortas y cortantes, de pinceladas precisas que retratan la violencia como un personaje más, dándole forma, cargando a Bosque de una personalidad propia y diferenciada de la de sus componentes. Dal Masetto construye la acción con acierto y destreza narrativa, no sólo de los registros propios de la novela negra, sino que también acude a pasajes más líricos en los que el lector encuentra el sosiego perfecto para respirar y seguir el sangriento camino de los sucesos que se relatan.

En Siempre es difícil volver a casa la psicología de la localidad se describe con detallismo, espaciando cada muerte y permitiendo la relajación del tiempo literario, mientras que en Bosque se opta por fragmentar la trama en dos partes, uno de calma chicha previo a la tormenta, y otro de explosión de la violencia, que se traduce en un reguero de muertos. El tiempo es lento hasta la primera muerte, y a partir de ahí los acontecimientos se precipitan en una espiral incontrolable de la que se aprovecha Muto. La suya será también la historia de una huida. Una huida de su pasado, de sí mismo, del hombre gris que siempre fue. Recorre las calles de Bosque como un fantasma compilador de recuerdos e impresiones, buscando una referencia que le permita definirse, más allá de su pasividad, su resignación ante la vida que le dicta sus movimientos. Muto es un actor secundario de su propio destino, pero también él pasará a la acción, aunque solamente sea un instante, una breve tregua antes de volver a la contemplación.

Bosque es una novela negra perfecta, que necesita de Siempre es difícil volver a casa… para completarse, pero que, por sí sola, ya proporciona una lectura perdurable en la retina mental del lector.

(Bosque, de Antonio Dal Masetto, Tropismos, Salamanca, 2005)

Publicado en la revista Clarín, núm. 58.

“Derrumbe”, de Ricardo Menéndez Salmón febrero 11, 2011

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Quien haya seguido la obra de Ricardo Menéndez Salmón hasta la fecha no podrá menos de admirar la honestidad y coherencia con la que el autor ha ido escribiendo sus libros. Desde La filosofía en invierno hasta este Derrumbe, y sin entrar en su excelente labor cuentística, las novelas de Ricardo Menéndez Salmón guardan una semejanza estilística y temática insobornable. Si acaso La ofensa y Derrumbe se han desviado por otros caminos, sin perder el sello que le caracteriza.

El tema que resume las novelas de Ricardo Menéndez Salmón es el Mal, como concepto gnoseológico y ontológico: las formas de identificar el Mal y el problema para definir su sustancia. La segunda cuestión la trata, por ejemplo, en Panóptico y el primer problema lo aborda en La ofensa, quizás con mayor acierto que en otras. En toda su obra se aprecia, sin embargo, una querencia inevitable por estas dos cuestiones, significándolas desde diversas perspectivas, como si el autor necesitara acercarse a un animal peligroso, que exigiera rodeos y precauciones.

En Derrumbe, Ricardo Menéndez Salmón vuelve a su tema favorito, y lo dicho hasta aquí sirve también para esta novela. Derrumbe se estructura en tres partes bien diferenciadas, a modo de cuentos entrelazados, en la primera de las cuales se narran los crímenes cometidos por un asesino en serie y la investigación subsiguiente de la policía. En este corte, la historia avanza sin tregua, una crueldad tras otra, en una espiral de sadismo imparable. El asesino amplifica el dolor y la violencia hasta extremos irreales, trivializando la importancia de la vida humana y, en cierta manera, violando también la sustancia del alma de los protagonistas. Concibe su necesidad de matar como un sistema defensivo, aparentemente aleatorio y falto de razón. La muerte y el terror golpean en cualquier momento.

Esta perspectiva se ahonda en la segunda parte, en la que Los Arrancadores, un trío terrorista que comete ataques sanguinarios por la pura razón de hacerlo. La sociedad se convierte ahora en la coartada para liberar fuerzas internas que los arrebatan, y los llevan a cometer delitos sin vocación ideológica o reivindicativa. La sociedad se derrumba y Los Arrancadores quieren aportar su ayuda al derrumbe de un mundo que consideran insano y decrépito.

Además, el autor sitúa con acierto el contrapunto a esta situación en Valdivia, un ciudadano medio, que es un observador cercano a toda la trama, y a la vez ajeno. Primero, al padecer los efectos de los actos terroristas, y segundo, al hallarse expuesto y débil ante su hija, que se ha transformado, sin él darse cuenta, en una desconocida inteligente y cruel. Es un espectador del mundo y de su mundo, un testigo que descubre la culpabilidad y la maldad detrás de cada recodo. La relación entre Valdivia y su hija, y el vínculo que ésta tiene con Los Arrancadores y otros personajes sórdidos, es un eje de comprensión, que articula la red que sostiene la trama.

En la tercera parte, la historia se resuelve de manera apresurada, concluyendo los cabos que quedaron sueltos a lo largo de las páginas anteriores. El asesino decide él mismo su destino. La hija de Valdivia construye su identidad sobre el recuerdo de Los Arrancadores. Y el policía, que persiguió al asesino en la primera parte, encuentra también su función en la historia, completando un círculo que se inicia en la primera página y se cierra en la última.

Ricardo Menéndez Salmón convoca aquí a todas sus referencias de obras anteriores, como la Casa de los Zurdos, trasladada en el tiempo y en el espacio a Promenadia, su privado asidero toponímico. Promenadia no se identifica, en cualquier caso, con la Promenadia de otras novelas, sino que el autor utiliza este nombre como un sortilegio o conjuro para desencadenar las consecuencias que requiere el desarrollo del Mal como estudio ensayístico. Y es que Menéndez Salmón, engarzando con lo dicho al principio de la reseña, guarda un sentido pulcro y respetuoso de lo que debe ser una obra personal coherente.

Todas sus novelas son artilugios fríos de racionalidad, en los que el lector es agredido por una serie de premisas argumentales, que muchas veces se pierden en un marasmo de frases subordinadas y barroquismo lábil y, a veces, fallido. Con todo, la riqueza de su prosa y la hondura de sus reflexiones (con las que se puede estar o no de acuerdo, eso es lo de menos) aseguran un libro de calidad, en el que se plantean interrogantes claves para entendernos y, en ocasiones, disculparnos.

Así, resulta acertada la elección de un parque temático como símbolo de la decadencia de nuestra sociedad. George Saunders, en Guerracivilandia en ruinas, tomaba precisamente el espacio simbólico de un parque de atracciones para situar sus historias de soledad y destrucción. Menéndez Salmón hace lo propio con Corporama, símbolo de todo lo que hay que destruir para reconstruir sobre las cenizas de la decadencia. Lo malo, parece concluir Menéndez Salmón, es que lo que se reconstruye puede ser una versión empeorada de lo mismo que había antes.

Quizás la falta de sentimiento sea el principal argumento en contra de Ricardo Menéndez Salmón. Derrumbe o cualquiera de sus novelas (como cuentista merece un tratamiento distinto) produce las mismas emociones que un ensayo sobre materialismo metafísico o sobre la termodinámica de los motores de inyección. La identificación con los personajes es difícil: son seres desdibujados por sus propios pensamientos y anomalías (físicas y mentales).

La voz de Menéndez Salmón es una voz desapasionada, fría, carente de toda emoción empática. La diferencia entre Derrumbe y una novela de Colette, por poner un ejemplo manifiesto, es la misma que hay entre el corte de un cirujano y la poda de un jardinero. En los primeros no existe la emoción, sólo la determinación del objetivo y la consecución efectiva del mismo. En los segundos late un sentimiento artístico propio de seres pasionales, aunque racionales, o sea, vivos.

Por otro lado, el autor ha pagado el peaje de la difusión entre el público mayoritario levantando la exigencia estilística que tenía en otras obras. Aquel barroquismo suyo tan fascinante se diluye ahora para acercarse al gran público, aunque sin perder (afortunadamente) la referencia de sus obsesiones filosóficas. Derrumbe sigue una senda perfectamente dibujada, un camino que merece la pena recorrer.

(Derrumbe, de Ricardo Menéndez Salmón, Seix Barral, Barcelona, 2008)

Publicado en la revista Clarín, núm. 76.

“Cortometrajes”, de Ángel Guache y César Fernández Arias octubre 16, 2010

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Ángel Guache es ese personaje que vive en el papel de los libros y de vez en cuando aparece para realizar alguna tarea seria como charlar con los amigos, pintar o curiosear en los anaqueles polvorientos de una librería de viejo. El tiempo que le queda lo dedica a trabajar y pasear por el mundo real, ese mundo que se confunde con el suyo propio sin fronteras claras. Cortometrajes es la última entrega que Ángel Guache se regala y nos regala cada poco tiempo. En esta ocasión viene acompañado del dibujante César Fernández Arias, el cual ilustra los relatos hiperbreves que componen este volumen.

Un hombre canta canciones de amor a un jamón, otro vive encerrado en un reloj y sólo sale para cantar las horas, un violinista interpreta una pieza de Bach y se aplaude a sí mismo, un viaje espacial nos lleva a mundo lejano donde podemos encontrar a Bukowski tomando algo en la barra de un bar, aunque es posible que, al retornar a casa, la hallemos usufructuada por un calamar, instalado en la butaca del salón, mientras se fuma un puro con total tranquilidad…

Los argumentos de Cortometrajes se inscriben de lleno en el surrealismo, siguiendo la línea de lo que le gusta a Ángel Guache, como ya demostró en Sopa nocturna (Pre-textos, Madrid, 1994), algunos de cuyos cuentos se rescatan aquí (“El baño”, “Mi vida en el reloj”…). Así mismo, regresan algunos personajes, como las gemelas Elba y Telva, que parece dotar de un continuismo a las dos obras. En ambas encontramos esa querencia del autor por lo extraño, por el desasosiego y el humor onírico, trasgresor y absurdo, como, por ejemplo, en “Tesoro”, en el que un hombre decide bucear debajo de la alfombra para hallar los objetos más insospechados. En “Mosca”, otro tipo está leyendo un libro de insectos cuando se le posa una mosca en el hombro y comienza a leer con gran atención el citado libro, como aquellos pasajeros que leen el periódico de uno en el autobús o en el metro. Son cuentos donde lo absurdo provoca una sonrisa leve o una carcajada en el mejor de los casos.

¿Qué pasaría si, al dormirse, la gravedad dejara de actuar? Esta es la pregunta que se plantea Ángel Guache en “Gravedad”, divertido microrrelato sobre los recursos de un hombre para no golpearse contra el suelo cada vez que despierta en lo alto de la habitación.

Otros “cortometrajes” tienen, sin embargo, un componente desasosegante, que impele a pensar, a reflexionar. Tomemos el cuento titulado “Mapamundi”: “A primeras horas de la tarde entro en la solitaria sala de los mapas. Me sitúo en un mullido sillón a hojear un atlas. Al cabo de un tiempo me quedo dormido. Me despiertan los pasos de una figura oriental con turbante que se acerca, en la semioscuridad del atardecer, con una bandeja repleta de puñales, sin percatarse de mi presencia. Cuando llega a la esfera de mayor tamaño que hay en la sala, un antiguo globo terráqueo de madera, el oriental clava con saña un puñal tras otro sobre su superficie, eligiendo los países al azar”. La sobrecogedora actualidad de este relato y la cadencia rítmica, casi poética, de la narración lo convierten en uno de los mejores del libro.

A lo anterior hay que añadir el efecto que los dibujos de César Fernández Arias producen sobre el lector. Se trata de dibujos bicromáticos (sólo utiliza rojo y gris), concisos, descarnados, esquemáticos, que van a lo esencial, cual es ilustrar el tema de cada cuento con una economía de medios que hacen estremecer y desasosegar. Las formas de los personajes son frías y agresivas a un tiempo y, en general, inquietantes; pareciera que quisieran herir.

De los cincuenta y un relatos que se recogen en Cortometrajes algunos son fallidos y caen en la anécdota sin provocar estímulo alguno, aunque, por otra parte, resulta bastante lógico dada la naturaleza de la obra, a base de continuos retos al espectador-lector, que se ve interpelado en cada microrrelato. Pero todo el volumen es una continuación del personaje Ángel Guache, y es que la poesía de Guache es irreverente y divertida, su imaginación desbordante y su narrativa pasa de lo desopilante a la crueldad sin apenas transición. Guache es un escritor sin moralidad, que escribe sobre lo que le parece, y lo hace con libertad absoluta y sin respeto por nada ni nadie. Los cuentos de Cortometrajes se injieren como píldoras, atiborrándose uno hasta la saciedad, la cual no llega nunca. Los libros de Ángel Guache son para lectores avisados que buscan un cruce entre Bukowski y Boris Vian, entre la realidad y el paroxismo.

Finalmente, hay que felicitar al editor por el valiente diseño de la obra, con una estética diferente y llamativa, que convierte Cortometrajes en un raro ejemplar de biblioteca.

(Cortometrajes, de Ángel Guache y César Fernández Arias, Ediciones Sinsentido, Madrid, 2006)

Publicado en la revista Clarín, núm. 65.

“La humillación”, de Philip Roth octubre 7, 2010

Posted by joseangelgayol in Novelas.
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La última novela de Philip Roth participa de las características crepusculares que viene imponiendo a sus obras de un tiempo a esta parte. Igual que en Elegía, en La humillación nos presenta a un hombre al final de su vida, enfrentado a sus obsesiones y sus imposibilidades. Simon Axler es un maduro actor de teatro que pierde la confianza, el talento o la seguridad en sí mismo para actuar. Su mujer le abandona, medita una y otra vez en la posibilidad del suicidio, la soledad le rodea en su aislada casa de campo y decide internarse en un psiquiátrico con el fin de recuperar el rumbo de su vida y hallar una cura para su inexplicable incapacidad para transmitir emociones al público.

El derrumbe emocional preside todo el libro, como una amenaza, como una solapada forma de soportar la vida. No es Philip Roth un autor bisoño en estos terrenos. Los vericuetos de la reflexión inteligente sobre la vida y los sentimientos es una constante en su obra. En este caso, tenemos a Simon Axler, que repasa en soledad lo que ha significado para él la actuación y las relaciones con los demás. Este viaje incide particularmente en la percepción que los demás tienen del actor. De esta manera, Philip Roth habla desde la perspectiva pasiva del que es observado y se ha acostumbrado a construir su personalidad sobre la expectación que despierta en otras personas. Cuando Simon Axler pierde el talento para actuar, su vida pierde los asideros donde sujetarse. Los demás desaparecen, el público desaparece, y Simon también desaparece. Sólo existe, si existe el otro, parece decirnos Roth, como una nueva interpretación de los conocidos versos de Machado (“El ojo que ves no es/ ojo porque tú lo veas…”). Valga como ejemplo la petición que la terapeuta artística del hospital psiquiátrico hace a Simon de que trace un dibujo que refleje su sufrimiento, y que a continuación le dice: “Supongamos que tuvieras que ponerle un título al dibujo, Simon. ¿Cuál sería?” “Eso es fácil. ¿Qué diablos estoy haciendo aquí?

La novela se estructura en tres actos, al modo de un drama griego, y en cada uno de ellos la necesidad de certezas, la vulnerabilidad ante lo impredecible arrastra a Simon a personajes frágiles, al borde del abismo, que le marcan en mayor o menor medida. En el hospital conoce a una mujer cuya hija ha sufrido abusos de su padre. Y a la salida aparece otra mujer, hija de unos viejos amigos suyos y veinticinco años más joven, que acude a Simon en busca de refugio y consuelo tras ser abandonada por su novia. La mujer lesbiana y Simon inician una relación en la que Simon encontrará un asidero para reflotar su vida y un puente predecible a su destrucción personal.

A todo lo anterior hay que añadir la ya clásica exploración en el autor norteamericano de las más oscuras o limpias pulsiones sexuales, dependiendo del ojo moral que las observe. Los comportamientos y tendencias sexuales de los personajes chocan con los postulados culturales en los que viven, y ello implica una toma de contacto por parte de Simon Axler con una realidad desconocida. Si en Indignación, novela que retoma los ambientes de Adiós, Columbus, aunque con un tono más tenebroso, estas pulsiones sexuales desquician al protagonista, educado en una rígida moral judía, en La humillación, las prácticas sexuales de Pegeen son asumidas por Simon Axler con una suerte de sorpresa peligrosa e inconsciente. No sabe a dónde le dirigirá todo ello, intuye que está entrando en una zona peligrosa, casi sagrada, pero no puede evitar seguir adelante.

Philip Roth sigue produciendo a pesar de la edad, y lo hace con notable lucidez, si bien con altibajos. La suya es una literatura de la realidad en el sentido más literal posible, una disección de las emociones y las acciones como correlatos mutuos de necesario entendimiento. En fin, La humillación soporta la comparación con El lamento de Portnoy o Pastoral americana, que no es poco.