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“Los extraños” de Iván Quezada septiembre 14, 2012

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Mirarse en el espejo del mundo produce, en ocasiones, una rara extrañeza, y retratar ese asombro es la labor que realiza Iván Quezada en su libro de cuentos Los extraños. Son diecisiete cuentos que tratan sobre la inadaptación, la inseguridad o la alienación del ser humano, temas que trataron maestros como Kafka o Julien Green. Los personajes suelen ser solitarios que recorren la ciudad en busca de amor o amigos, que recuerdan al entrañable Victor Bâton, el antihéroe de Mis amigos, de Emmanuel Bove, y a otros seres imaginarios y reales que han poblado los universos de la literatura buscando un sitio donde quedarse.

Aunque Los extraños aparece dividido en cuatro partes, todos los relatos tienen en común ser una fábula sin principio ni fin, cortes en la vida de los personajes, como instantáneas de una angustia concreta, un engaño, un roce que no debió producirse. La escenografía es diferente en cada caso, pero en todos late la imprecisa brújula de la extrañeza. En “El reptil” vemos retratada la inmovilidad de un sujeto que no quiere abandonar su apartamento, y no desea que lo molestan para nada. La perplejidad que produce el relato “Dos amigas” sólo es comparable con lo horrible del final, en el que una bella mujer adopta, de forma consciente, una apariencia espeluznante que no puede detener.

 

En este sentido, el autor se extraña del mundo en el que vive y lo retrata a veces deformándolo, y otras, lo que resulta más angustioso, situando un espejo fiel frente a la realidad chilena. Existe una preocupación social en cada uno de los cuentos, especialmente en el último (“Cisnes y elefantes”), que supone una voluntad de gritar sin alzar la voz, decir las verdades pero con temor a las represalias. Parece que Iván Quezada se autoimpusiera una censura literaria que le impidiera ser suficientemente agresivo. Es evidente, por tanto, que la dictadura chilena planea por todas estas páginas como una amenaza constante, y el porvenir de la juventud y del resto de la sociedad de su país lo ve el cuentista con un profundo temor.

Y es que los personajes de estos cuentos tienen miedo, no en vano los títulos de algunos dan pistas de los sentimientos del autor: “El temor de Nadia”, “Las cuitas del joven artista” o “Claudia teme a los hombres”. También hay miedo en “El gorila” (¿quién no tendría miedo si llega a su casa y descubre, sin motivo alguno, un gorila en el recibidor?) o en “El cajero” (un simple funcionario que descubre su aptitud para matar con sólo desearlo).

Los cuentos terminan casi siempre en un anticlímax sin definición, perdiéndose en las brumas de un futuro desasosegante. Los protagonistas son inadaptados, o directamente deformes en busca de comprensión (“La fiesta del monstruo” es uno de los mejores relatos que he leído en mucho tiempo). A alguien le preguntan: “Pero, ¿por qué tiene esa cara? (…) ¿Acaso está incómodo, acaso es un solitario?”. El escritor se encuentra al borde de cada personaje sin saber dónde situarlo. Ulrich, El hombre sin atributos de Robert Musil, dice en un momento de la novela que “lo que diferencia a un ser sano de un enfermo mental es justamente que el sano tiene todas las enfermedades mentales y el enfermo mental sólo una”. Sebastián, Daniel, Manolo, María… son extraños que viven entre extraños, enfermos mentales que no hayan lógica en la realidad, tal vez porque la realidad no tenga lógica.

La prosa exige una lectura demorada, recorrer pasa a paso las palabras de la agonía que late en cada página: la belleza que se marchita, la dictadura que pesa como una losa, incluso después de lograr la democracia, los caminos que se cierran… Son muchos los temas tratados con temor y congoja, pero en el que quizás sea el mejor relato de todos, y también el más largo, “Cisnes y elefantes”, Iván Quezada abre una puerta al amor tierno, a las luces vislumbradas entre la neblina de un Chile que camina sin rumbo, sorteando obstáculos para llegar a un final que merezca la pena ser alcanzado: “Levanté los ojos y vi a María cada vez más lejos, esquivando escombros, obreros, surcos de agua, y cuando al fin estuvo a salvo de la lluvia, más allá del derruido portal del ferrocarril, se volvió a mirarme sonriendo”.

(Los extraños, de Iván Quezada. Tajamar Editores, Santiago de Chile, 2005)

Publicado en la revista Clarín, núm. 63.

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“Lo mejor de McSweeney’s” (2 vol.), de Dave Eggers (Ed.) abril 26, 2012

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McSweeney’s se ha convertido, casi sin quererlo, en la referencia obligada de la nueva narrativa norteamericana, aquella que camina hacia la vanguardia, que busca referencias en la realidad, aunque sólo sea para distorsionarla, y define la disolución ideológica del cambio de siglo. Lo que se escribe al otro lado del Atlántico es una prosa directa, de temas contundentes e insanos; los autores de McSweeney’s son de lo mejor del futuro (y presente) literario de Estados Unidos, pero son también, aparte de la calidad intelectual, un referente y muestra de las cuestiones que surgen en el seno de la sociedad americana al margen de las corrientes oficiales.
En estos dos volúmenes, blanco y negro, se reúnen algunas de las mejores historias aparecidas en McSweeney’s, revista fundada por Dave Eggers quien ha buscado desde sus inicios la innovación, no sólo en cuanto al contenido, sino también en cuanto al formato, buscando nuevas vías de expresividad visual en el libro como objeto. En cada número, la revista se ha ido reinventando a sí misma con una página desplegable, una caja de cartón con catorce opúsculos en su interior o sujetos con una goma gruesa, un CD para acompañar cada relato de una canción escrita para esa historia en particular… Todo ello nos lo cuenta el propio Dave Eggers en la introducción que encabeza el volumen I, repaso al nacimiento y desarrollo de una publicación ya de culto.

Y al contenido se llega por un camino de melancolía y desesperanza; al leer estos cuentos, nos asalta una terrible sensación de ajenidad, de extrañeza ante el mundo, la desapasionada virtualidad de lo que consideramos real. Los escritos de estos volúmenes divergen en los tratamientos, los estilos o las perspectivas narradoras (como es lógico, por otra parte, dado el heterogéneo grupo de autores), pero todos ellos tienen en común la extrañeza, la irreverencia hacia aquello que nos rodea.

Ann Cummings, Rick Moody, William T. Vollmann, Zadie Smith, Arthur Bradford, Jonathan Lethem, David Foster Wallace o el propio Dave Eggers conformarían la nómina de la que probablemente sea una etiqueta publicitaria llamada Next Generation, aunque entre ellos existe un nexo que es un territorio diluido, de contornos vagos, donde conviven personajes que se buscan a sí mismos, en sí mismos o en el mundo, que escalan una montaña (“Montaña arriba, en lento descenso” de Dave Eggers), meditan sobre la existencia en situaciones límite (“Tres reflexiones acerca de la muerte” de William T. Vollmann), revelan que el Tribunal Supremo resuelve sus sentencias difíciles jugando a baloncesto (“Sin jueces no hay faltas” de Jim Stallard, ácida y desternillante crítica al sistema judicial americano), avisan de los riesgos de la era del bisturí con resultados hilarantes (“Otro ejemplo más de la porosidad de ciertas fronteras (VIII)” de David Foster Wallace) o nos ilustran sobre la situación e historia del movimiento independentista hawaiano (“¡Haole, volved a casa!: pequeños gestos del movimiento secesionista hawaiano” de Zeb Borow). En todos los relatos existe una búsqueda de la identidad personal, nacional, sexual o sentimental.

 

Destacar uno sería tarea imposible, si bien no todos son igual de interesantes. Habría que detenerse sin duda en el desafío ideológico de “Notas desde un búnker junto a la autopista 8”, de Gabe Hudson. Es un relato sin concesiones líricas ni florituras que atenúen la crudeza de la historia: un soldado americano en la Guerra del Golfo recibe el aviso divino de ayudar a los heridos iraquíes de la autopista 8; se refugia en un búnker enemigo con un compañero, que ha perdido un brazo en un ataque de la guerrilla, mientras repasa en su memoria las cartas del padre, un héroe de la Guerra de Vietnam que decide volverse gay para protestar contra la política exterior americana. Dicho así, todo parece un enorme desatino, y sin embargo el relato se crece, y progresa en el análisis de la psicología del protagonista y la relación con su padre, a quien va pareciéndose sin ser consciente de ello.

También magistral es “La chica del flequillo”, un cuento corto de Zadie Smith que ilustra los vaivenes de los sentimientos y el fetichismo de los detalles en la persona amada. Tema que toca a su manera Arthur Bradford en “Moluscos” (cuento que aparece en el libro ¿Quieres ser mi perro?, Mondadori, 2004), y donde se dibuja un triángulo amoroso que gira en torno a una enorme y pacífica babosa. Como telón de fondo se aprecia la desestructuración de una parte de la juventud norteamericana.

En ocasiones se adopta la forma de ensayo para hilar la narración como en “¡Haloe, volved…” de Zeb Borow, antes citado, en “En el reino de Unabomber” de Gary Greenberg, en “Tres reflexiones acerca de la muerte” de William T. Vollmann, también citado, o en “La República de Marfa” de Sean Wilsey. Otras veces se acude a un tono periodístico (“El caso Kauders” de Aleksandar Hemon) o histórico (“La Chifladura de Banvard” de Paul Collins o “Las lágrimas de Squonk, y lo que sucedió después” de Glen David Gold). Mención aparte merece “Dios vive en San Petersburgo” de Tom Bissel, crudo relato sobre las pasiones cruzadas con los intereses materiales y donde se diluyen las líneas de la moralidad: simplemente magnífico, en especial el personaje atormentado por dudas éticas y religiosas.

Por supuesto, gran parte de la calidad de estos relatos se cifra en la maestría narrativa de autores ya consagrados como Rick Moody en el relato “Rancho Doble Cero”, que cuenta el periplo laboral de una familia del Medio Oeste con ideas brillantes que no acaban de cuajar. Rick Moody juega con las posibilidades que brinda el azar y la necesidad de aprovecharlas. Dosifica la trama en frases cortas y disecciona un personaje que se autodestruye por su propia naturaleza de perdedor.

Jonathan Lethem, por su parte, homenajea a Franz Kafka en “Con K de kopia”, y propone el proceso surrealista contra la personalidad de un hombre corriente (la grisura del día a día) y la transformación en un superhéroe.

Dave Eggers deja que los personajes hablen en una obra coral que tiene por protagonista el desencanto del ser humano, la agonía del vacío para quien no descubre el reto de seguir vivo. El personaje de Rita sirve para seguir la escalada de una montaña para unos turistas del primer mundo para quienes el continente africano sólo es la estación hacia las emociones. En “Montaña arriba, en lento descenso”, Rita quiere desear pero no sabe qué. Su existencia sólo es tal como referencia de aquellos que la rodean, pero siente que no le pertenece, que sólo subió el Kilimanjaro para demostrar que era capaz de cualquier cosa…

Son muchos los relatos que merecen ser citados a lo largo de estos dos volúmenes, y los aportes que se hacen al plato de la cuentística americana son ciertamente notables, por su desenfado formal (los títulos de los cuentos ya avisan de por dónde van los tiros), por su irreverencia hacia todo, por su descaro temático, por la confesada certidumbre de Dave Eggers de dar un padre (o vehículo de publicación) a escritos huérfanos que no habían encontrado editor o revista que los ayudara. Lo mejor de McSweeney’s es, al cabo, sólo lo mejor.

 (Lo mejor de McSweeney’s, de Dave Eggers (Ed.), Mondadori, Barcelona, 2005)

Publicado en la revista Clarín, núm. 60.

“El campeón y otros cuentos”, de varios autores marzo 7, 2011

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Aunque este volumen del XXXII Concurso “Hucha de oro” lo encabeza un nombre del talento de Felipe Benítez Reyes, el resto de autores son nuevos o bregados en revistas y concursos, sin que, en general, hayan dado el salto aún a la palestra visible del mercado literario. Ello, lejos de restar interés a la obra, otorga un valor añadido, porque nos remite a los cuentistas que vendrán en el futuro a describir temores ocultos, nostalgias imposibles, males de la sociedad o, simplemente, a llenar las horas de nuestra solitaria liturgia de lectores.

Algunos relatos son prescindibles, algo lógico por otra parte, en una selección sujeta al particular juicio de cada lector confrontado con el de un jurado. Otros son meros entretenimientos, como El caso Roncatti de Gustavo Boschetti, una crónica de una muerte anunciada con mucha adjetivación y sorpresa final, o La mancha de la mora (Fernando Escudero Oliver), un relato negro, redondo y bien trabado, sobre la venganza nunca consumada. Y los hay que pretenden sacudir la conciencia de una u otra manera, como en De hormigas y hombres de Pilar Blázquez, una fábula militar sobre la naturaleza humana, relato, si cabe, de triste actualidad, o en La visita de Antonio Llamas-Cánaves, donde el mar nos devuelve el naufragio de un amor que pudo ser, o aquel Arco iris de Leo Aflalo Cohen, que pone en liza un cándido juego de sentimientos.

Por supuesto, en el camino de este aventura narrativa es preciso detenerse en ciertas posadas. Si no el mejor, uno de los mejores cortes del libro es Elogio de la ceguera, que cuenta la historia de una vampírica relación sexual, que no sentimental, en la que una mujer infatigable atrapa a un profesor aturdido por el olvido de su anterior pareja. El hombre cae en las redes de este súcubo del vídeo y la perversión, ensayando mil posturas y grabándolas para recrearse en las imágenes de cada combate amatorio. Al final, llega la ternura y el amor en la persona de una alumna ciega. El argumento es previsible y manido, pero lo decisivo es la frescura de la prosa de Miguel Barreras Alconchel, que sabe dosificar la información y adornarla con situaciones hilarantes y desordenadas, donde algunos adjetivos sobran y otros faltan; pero el cuento, en conjunto, divierte.

En Oxford, que ha obtenido el segundo premio del concurso, Pilar Adón cuenta la gesta de una jovencita que trabaja como guía turística para sobrevivir en el Madrid del siglo XXI. Un cliente gigantesco la somete a un acoso que perturba su realidad de hadas y niños bien hasta el punto de añorar un vinculo de poderosa fuerza que le unía con el acosador. Se podría definir como una historia de amor brusco y fiero, nada que ver con la ternura de Moonriver (Mercedes Castro Díaz), que da voz al recuerdo de Desayuno con diamantes, el romance cursi, lacrimógeno y delicioso, que protagonizaron Audrey Hepburn y George Peppard, y que se recrea en una tarde de cine entre un hombre y una mujer, que se observan en la penumbra, que acechan su comportamiento respectivo, que se estudian mutuamente como en un espejo.

La memoria enterrada (galardonado con el tercer premio) se podría haber titulado “La memoria recuperada”. Un humilde librero alemán halla, entre los escombros de una casa en Berlín este, el diario de un lingüista judío que vivió el Holocausto para perderse en la oscuridad de la muerte y el olvido. El librero decide plagiar el diario dándole forma de novela histórica, y se convierte en un escritor reputado, pero sin sentir como propio el personaje del profesor judío, que se supone ha creado. Ello le ocasiona una angustia indecible y asume la tarea de emular a aquel hombre en su aislamiento, en el sótano de una casa, con unos pocos libros y el recuerdo de la vida en el exterior. Como no podía ser de otro modo, el librero acaba siendo visitado por la locura, y la memoria contenida en el diario se infiltra en su mente, lo abduce, y parece que recupera el sufrimiento del pasado para trasladarlo al presente. Es, sin duda, uno de los relatos mejor tratados por la morosidad con que se dibuja la personalidad del protagonista.

Como una premonición certera el primer premio del concurso recayó en El campeón, la parábola sobre el azar que firma Benítez Reyes. Seis hombres se reúnen para jugar al billar y cada día uno es el campeón en su torneo particular. Es un galardón rotatorio, sometido a los impredecibles designios de la ventura. Al menos hasta que aparece el Perro, un seudónimo que esconde la figura gris de un derrotado, un alcohólico que huele a ginebra y fracaso, pero que, sobre el tapete verde de una mesa de billar, se transforma en la encarnación del Azar, quebrando con su talento las reglas de justicia distributiva que la suerte había escrito en el grupo de amigos, para que cada uno fuera saboreando el licor del triunfo de manera consecutiva. Benítez Reyes utiliza al Perro para reflexionar sobre la Suerte, para trastocar el orden de las cosas: “cuando le llegaba el turno, las carambolas se sucedían con una fatalidad mecánica, igual que en un proceso industrial”. Al final del relato, el narrador descubre que “el universo funciona gracias a un escalofriante sistema de armonías”, que la mala suerte acompaña a todo aquel que la reta. Parece decirnos que todos formamos parte de una gran partida de dados, en la que las posibilidades son idénticas y fatales.

(El campeón y otros cuentos, de varios autores, Ediciones Nostrum, Madrid, 2004)

Publicado en la revista Clarín, núm. 55.

“Derrumbe”, de Ricardo Menéndez Salmón febrero 11, 2011

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Quien haya seguido la obra de Ricardo Menéndez Salmón hasta la fecha no podrá menos de admirar la honestidad y coherencia con la que el autor ha ido escribiendo sus libros. Desde La filosofía en invierno hasta este Derrumbe, y sin entrar en su excelente labor cuentística, las novelas de Ricardo Menéndez Salmón guardan una semejanza estilística y temática insobornable. Si acaso La ofensa y Derrumbe se han desviado por otros caminos, sin perder el sello que le caracteriza.

El tema que resume las novelas de Ricardo Menéndez Salmón es el Mal, como concepto gnoseológico y ontológico: las formas de identificar el Mal y el problema para definir su sustancia. La segunda cuestión la trata, por ejemplo, en Panóptico y el primer problema lo aborda en La ofensa, quizás con mayor acierto que en otras. En toda su obra se aprecia, sin embargo, una querencia inevitable por estas dos cuestiones, significándolas desde diversas perspectivas, como si el autor necesitara acercarse a un animal peligroso, que exigiera rodeos y precauciones.

En Derrumbe, Ricardo Menéndez Salmón vuelve a su tema favorito, y lo dicho hasta aquí sirve también para esta novela. Derrumbe se estructura en tres partes bien diferenciadas, a modo de cuentos entrelazados, en la primera de las cuales se narran los crímenes cometidos por un asesino en serie y la investigación subsiguiente de la policía. En este corte, la historia avanza sin tregua, una crueldad tras otra, en una espiral de sadismo imparable. El asesino amplifica el dolor y la violencia hasta extremos irreales, trivializando la importancia de la vida humana y, en cierta manera, violando también la sustancia del alma de los protagonistas. Concibe su necesidad de matar como un sistema defensivo, aparentemente aleatorio y falto de razón. La muerte y el terror golpean en cualquier momento.

Esta perspectiva se ahonda en la segunda parte, en la que Los Arrancadores, un trío terrorista que comete ataques sanguinarios por la pura razón de hacerlo. La sociedad se convierte ahora en la coartada para liberar fuerzas internas que los arrebatan, y los llevan a cometer delitos sin vocación ideológica o reivindicativa. La sociedad se derrumba y Los Arrancadores quieren aportar su ayuda al derrumbe de un mundo que consideran insano y decrépito.

Además, el autor sitúa con acierto el contrapunto a esta situación en Valdivia, un ciudadano medio, que es un observador cercano a toda la trama, y a la vez ajeno. Primero, al padecer los efectos de los actos terroristas, y segundo, al hallarse expuesto y débil ante su hija, que se ha transformado, sin él darse cuenta, en una desconocida inteligente y cruel. Es un espectador del mundo y de su mundo, un testigo que descubre la culpabilidad y la maldad detrás de cada recodo. La relación entre Valdivia y su hija, y el vínculo que ésta tiene con Los Arrancadores y otros personajes sórdidos, es un eje de comprensión, que articula la red que sostiene la trama.

En la tercera parte, la historia se resuelve de manera apresurada, concluyendo los cabos que quedaron sueltos a lo largo de las páginas anteriores. El asesino decide él mismo su destino. La hija de Valdivia construye su identidad sobre el recuerdo de Los Arrancadores. Y el policía, que persiguió al asesino en la primera parte, encuentra también su función en la historia, completando un círculo que se inicia en la primera página y se cierra en la última.

Ricardo Menéndez Salmón convoca aquí a todas sus referencias de obras anteriores, como la Casa de los Zurdos, trasladada en el tiempo y en el espacio a Promenadia, su privado asidero toponímico. Promenadia no se identifica, en cualquier caso, con la Promenadia de otras novelas, sino que el autor utiliza este nombre como un sortilegio o conjuro para desencadenar las consecuencias que requiere el desarrollo del Mal como estudio ensayístico. Y es que Menéndez Salmón, engarzando con lo dicho al principio de la reseña, guarda un sentido pulcro y respetuoso de lo que debe ser una obra personal coherente.

Todas sus novelas son artilugios fríos de racionalidad, en los que el lector es agredido por una serie de premisas argumentales, que muchas veces se pierden en un marasmo de frases subordinadas y barroquismo lábil y, a veces, fallido. Con todo, la riqueza de su prosa y la hondura de sus reflexiones (con las que se puede estar o no de acuerdo, eso es lo de menos) aseguran un libro de calidad, en el que se plantean interrogantes claves para entendernos y, en ocasiones, disculparnos.

Así, resulta acertada la elección de un parque temático como símbolo de la decadencia de nuestra sociedad. George Saunders, en Guerracivilandia en ruinas, tomaba precisamente el espacio simbólico de un parque de atracciones para situar sus historias de soledad y destrucción. Menéndez Salmón hace lo propio con Corporama, símbolo de todo lo que hay que destruir para reconstruir sobre las cenizas de la decadencia. Lo malo, parece concluir Menéndez Salmón, es que lo que se reconstruye puede ser una versión empeorada de lo mismo que había antes.

Quizás la falta de sentimiento sea el principal argumento en contra de Ricardo Menéndez Salmón. Derrumbe o cualquiera de sus novelas (como cuentista merece un tratamiento distinto) produce las mismas emociones que un ensayo sobre materialismo metafísico o sobre la termodinámica de los motores de inyección. La identificación con los personajes es difícil: son seres desdibujados por sus propios pensamientos y anomalías (físicas y mentales).

La voz de Menéndez Salmón es una voz desapasionada, fría, carente de toda emoción empática. La diferencia entre Derrumbe y una novela de Colette, por poner un ejemplo manifiesto, es la misma que hay entre el corte de un cirujano y la poda de un jardinero. En los primeros no existe la emoción, sólo la determinación del objetivo y la consecución efectiva del mismo. En los segundos late un sentimiento artístico propio de seres pasionales, aunque racionales, o sea, vivos.

Por otro lado, el autor ha pagado el peaje de la difusión entre el público mayoritario levantando la exigencia estilística que tenía en otras obras. Aquel barroquismo suyo tan fascinante se diluye ahora para acercarse al gran público, aunque sin perder (afortunadamente) la referencia de sus obsesiones filosóficas. Derrumbe sigue una senda perfectamente dibujada, un camino que merece la pena recorrer.

(Derrumbe, de Ricardo Menéndez Salmón, Seix Barral, Barcelona, 2008)

Publicado en la revista Clarín, núm. 76.

“Cortometrajes”, de Ángel Guache y César Fernández Arias octubre 16, 2010

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Ángel Guache es ese personaje que vive en el papel de los libros y de vez en cuando aparece para realizar alguna tarea seria como charlar con los amigos, pintar o curiosear en los anaqueles polvorientos de una librería de viejo. El tiempo que le queda lo dedica a trabajar y pasear por el mundo real, ese mundo que se confunde con el suyo propio sin fronteras claras. Cortometrajes es la última entrega que Ángel Guache se regala y nos regala cada poco tiempo. En esta ocasión viene acompañado del dibujante César Fernández Arias, el cual ilustra los relatos hiperbreves que componen este volumen.

Un hombre canta canciones de amor a un jamón, otro vive encerrado en un reloj y sólo sale para cantar las horas, un violinista interpreta una pieza de Bach y se aplaude a sí mismo, un viaje espacial nos lleva a mundo lejano donde podemos encontrar a Bukowski tomando algo en la barra de un bar, aunque es posible que, al retornar a casa, la hallemos usufructuada por un calamar, instalado en la butaca del salón, mientras se fuma un puro con total tranquilidad…

Los argumentos de Cortometrajes se inscriben de lleno en el surrealismo, siguiendo la línea de lo que le gusta a Ángel Guache, como ya demostró en Sopa nocturna (Pre-textos, Madrid, 1994), algunos de cuyos cuentos se rescatan aquí (“El baño”, “Mi vida en el reloj”…). Así mismo, regresan algunos personajes, como las gemelas Elba y Telva, que parece dotar de un continuismo a las dos obras. En ambas encontramos esa querencia del autor por lo extraño, por el desasosiego y el humor onírico, trasgresor y absurdo, como, por ejemplo, en “Tesoro”, en el que un hombre decide bucear debajo de la alfombra para hallar los objetos más insospechados. En “Mosca”, otro tipo está leyendo un libro de insectos cuando se le posa una mosca en el hombro y comienza a leer con gran atención el citado libro, como aquellos pasajeros que leen el periódico de uno en el autobús o en el metro. Son cuentos donde lo absurdo provoca una sonrisa leve o una carcajada en el mejor de los casos.

¿Qué pasaría si, al dormirse, la gravedad dejara de actuar? Esta es la pregunta que se plantea Ángel Guache en “Gravedad”, divertido microrrelato sobre los recursos de un hombre para no golpearse contra el suelo cada vez que despierta en lo alto de la habitación.

Otros “cortometrajes” tienen, sin embargo, un componente desasosegante, que impele a pensar, a reflexionar. Tomemos el cuento titulado “Mapamundi”: “A primeras horas de la tarde entro en la solitaria sala de los mapas. Me sitúo en un mullido sillón a hojear un atlas. Al cabo de un tiempo me quedo dormido. Me despiertan los pasos de una figura oriental con turbante que se acerca, en la semioscuridad del atardecer, con una bandeja repleta de puñales, sin percatarse de mi presencia. Cuando llega a la esfera de mayor tamaño que hay en la sala, un antiguo globo terráqueo de madera, el oriental clava con saña un puñal tras otro sobre su superficie, eligiendo los países al azar”. La sobrecogedora actualidad de este relato y la cadencia rítmica, casi poética, de la narración lo convierten en uno de los mejores del libro.

A lo anterior hay que añadir el efecto que los dibujos de César Fernández Arias producen sobre el lector. Se trata de dibujos bicromáticos (sólo utiliza rojo y gris), concisos, descarnados, esquemáticos, que van a lo esencial, cual es ilustrar el tema de cada cuento con una economía de medios que hacen estremecer y desasosegar. Las formas de los personajes son frías y agresivas a un tiempo y, en general, inquietantes; pareciera que quisieran herir.

De los cincuenta y un relatos que se recogen en Cortometrajes algunos son fallidos y caen en la anécdota sin provocar estímulo alguno, aunque, por otra parte, resulta bastante lógico dada la naturaleza de la obra, a base de continuos retos al espectador-lector, que se ve interpelado en cada microrrelato. Pero todo el volumen es una continuación del personaje Ángel Guache, y es que la poesía de Guache es irreverente y divertida, su imaginación desbordante y su narrativa pasa de lo desopilante a la crueldad sin apenas transición. Guache es un escritor sin moralidad, que escribe sobre lo que le parece, y lo hace con libertad absoluta y sin respeto por nada ni nadie. Los cuentos de Cortometrajes se injieren como píldoras, atiborrándose uno hasta la saciedad, la cual no llega nunca. Los libros de Ángel Guache son para lectores avisados que buscan un cruce entre Bukowski y Boris Vian, entre la realidad y el paroxismo.

Finalmente, hay que felicitar al editor por el valiente diseño de la obra, con una estética diferente y llamativa, que convierte Cortometrajes en un raro ejemplar de biblioteca.

(Cortometrajes, de Ángel Guache y César Fernández Arias, Ediciones Sinsentido, Madrid, 2006)

Publicado en la revista Clarín, núm. 65.

“Extinción”, de David Foster Wallace agosto 21, 2009

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La generación de Foster Wallace, eso que algunos llaman la Next Generation, es una familia contestataria, de textos agresivos y directos, reflexivos y muy humanos, demasiado humanos quizás, que encuentran en la realidad los elementos para armar su escritura. Chuck Palahniuk, Jonathan Franzen, Ethan Canin, Lorrie Moore, Dave Eggers alumbran una nueva visión crítica de la sociedad americana desde posiciones de reivindicación radical, que tiene sus fuentes en DeLillo o Pynchon. Todos ellos escriben sobre la actualidad más cercana, en términos conscientemente modernos. David Foster Wallace ha dicho que “para los jóvenes escritores, la tele es parte de la realidad en la misma medida que los Toyota o los atascos de tráfico” y se pregunta “qué hace uno cuando la rebelión posmoderna se convierte en una institución de la cultura pop?”

Portada extincion
Cada relato de Extinción es una forma de motín, una sacudida al equilibrio individual de los seres humanos en las sociedades actuales. Mientras algunos escritores de la Next Generation se circunscriben al análisis del ámbito social norteamericano (es el caso de Rick Moody  o Jonathan Lethem, sin menoscabo de que se puedan trasladar a otras culturas gracias la globalización del mercado cultural en que vivimos), los textos de Foster Wallace (como los de Dave Eggers, Chuck Palahniuk o A.M. Homes) son extrapolables al resto del mundo, tienen una vocación de generalidad que los hace imprescindibles. Aunque se ambienten en Estados Unidos, no existen unos trazos de carácter costumbrista en la narración, por lo que la identificación de las ciudades se hace difícil. Foster Wallace no es autor de lugares sino de situaciones, de personajes o, lo que es más importante, de personas, quizás la principal virtud de cualquier narrador: la capacidad de crear personas vivas en las hojas de un libro.
En “Señor Blandito”, “El neón de siempre”, o el relato que da título al volumen, “Extinción”, encontramos una prosa de personajes, de psicología individual, así como la influencia de lo social en el fuero interno de las personas. Lo característico de los relatos de Foster Wallace, y en general de gran parte de la última narrativa norteamericana, es que cada historia pretende ser un retrato, desde diferentes perspectivas, de lo que la sociedad quiere de sus componentes. Si en “Señor Blandito” asistimos a una descorazonadora versión de 1984 de George Orwell, donde el nuevo Gran Hermano es la publicidad, dominadora de mentes en masa y limitadora de la capacidad de subversión de los seres humanos, en “El canal del sufrimiento” se muestra la génesis de un artículo sensacionalista, y lo que de “reality show” hay en nuestras vidas.
Tanto un relato como otro aluden al control en el que vivimos sometidos, en nuestras compras y decisiones vitales o en nuestros entretenimientos, basados en las miserias ajenas y el regocijo por las adversidades de los demás. De hecho, ese continuo análisis del mundo afecta incluso a los propios analistas, haciéndolos a su vez objeto de manejos.
En “El alma es una forja” Foster Wallace plantea el escenario de la infancia como el lugar que determina la forma de ser y pensar. Así, el pasado acude gustoso a la cita con nuestros sentimientos y, sobre todo, con nuestros miedos, definiendo nuestra personalidad por encima de cualquier influencia escolar o disciplinaria. Son las relaciones con los amigos y con la familia las que moldean el carácter. El entorno sirve para controlarnos y para educarnos, y también para dirigirnos y ayudarnos a decidir.
“Otro pionero” ahonda en estas reflexiones al narrar la historia de un superdotado que nace en el seno de una sociedad primitiva. A lo largo del relato vamos asistiendo a la estructuración de roles sociales en función del aprovechamiento que nuestros actos reportan en los demás y los actos de los demás en nosotros mismos. David Foster Wallace expone así la retroalimentación que se da con las relaciones entre los seres humanos y la dependencia psicológica que podemos llegar a tener de alguien que responda las preguntas que preferimos no hacernos (a dónde vamos, de dónde venimos o quiénes somos).
Desde el punto de vista formal emplea notas a pie de página, lenguaje científico-técnico y siglas de toda clase, lo que supone textos difíciles, de frases largas y trabajadas, con lo que pretende transmitir la sensación de ajenidad que le provocan las relaciones humanas. Este lenguaje lastra en ocasiones la narración, haciéndola un tanto inaccesible o, cuando menos inasible, como si el hilo conductor se escapara entre los dedos de Foster Wallace. En el árbol de la narración termina perdiéndose en las ramas: se trata de una voluntad por parte del autor de ser absolutamente moderno, que diría Rimbaud, de exteriorizar mediante el lenguaje las posibilidades expresivas de la “modernidad” como palabra agresiva y revolucionaria. La televisión, la publicidad, el desamor, las guerras, todo ayuda a nuestra destrucción, a nuestra definitiva extinción.

(Extinción, de David Foster Wallace, Mondadori, Barcelona, 2005)

Publicado en la revista Clarín, núm. 61.