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“Lluvia negra”, de Masuji Ibuse agosto 18, 2011

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Reseñar una buena novela es un trabajo fácil. Reseñar un clásico no es siquiera trabajo: el eco de sus páginas va dictando la reseña, acomodando las palabras por sí mismas. Así resulta con Lluvia negra, la narración de las consecuencias inmediatas de la bomba atómica de Hiroshima.

La historia central gira en torno a Yasuko, sobrina de Shigematsu Shizuma, que es objeto de toda clase de habladurías entre los vecinos. Estos rumores llegan a los sucesivos pretendientes de la joven, la cual se ve rechazada porque supuestamente está enferma de la radiación. Los pretendientes de pueblos vecinos envían emisarios para informarse sobre la joven Yasuko, y ante la eventualidad de que tenga la “enfermedad de la radiación” rechazan cualquier enlace. Semejante injusticia causa el enfado de Shigematsu, que decide iniciar la redacción de un diario en el que narrará sus impresiones de aquel 6 de agosto de 1945, y los días que sucedieron hasta la rendición de Japón, para acabar con los rumores, enseñarlo al siguiente pretendiente, y demostrar que él sí estuvo enfermo, pero que Yasuko no ha mostrado ningún signo de hallarse afectada por la enfermedad.

Con una prosa de limpieza y sencillez absolutas Masuji Ibuse va desgranando de un modo barojiano decenas de pequeñas historias, vidas que asaltan a Shigematsu en su devenir a través de los escombros de Hiroshima. Primero con la búsqueda de sus parientes, y luego, cuando los encuentra, volviendo a las ruinas por uno u otro motivo. Shigematsu encuentra viejos amigos, conocidos o simplemente personas que le cuentan su propia historia, que es la suya, al tiempo que en su diario nos muestra de forma descarnada lo que significa la destrucción absoluta.

Precisamente, la fuerza de la novela de Masuji Ibuse reside en la contención, en la ausencia de filigranas estilísticas, en la aplastante crudeza de sus descripciones, sin necesidad de valoración ética: “Había una mujer vestida únicamente con enaguas que corría fatigosamente refunfuñando sin cesasr; otra que llevaba a un niño en brazos y gritaba “¡agua!, ¡agua!”, sin dejar de limpiar los ojos del niño entre grito y grito porque tenía los ojos pegados por una sustancia parecida a la ceniza. Un hombre gritaba hasta desgañitarse; mujeres y niños corrían  chillando; otros suplicaban que alguien los scorriese…”

Cada página de esta novela es un canto sobre el horror. Las formas dantescas que la muerte puede adoptar aparecen registradas por Misuje Ibuse con una concisión fría pero humana. El pánico inmediato a una hecatombe, los primeros intentos individuales de organización, la ayuda inexistente, el desamparo, los rumores, la lucha por avanzar, los vivos que surgen de entre los escombros, como resucitados, los cadáveres a cada paso, las informaciones como medias verdades, los primeros auxilios gubernamentales… en definitiva, todas las impresiones del caos aparecen retratadas en Lluvia negra.

Un apunte interesante es que, aunque los días fueran pasando, la guerra aparece en un segundo plano. No cabe duda de que es un elemento fundamental, y origen evidente de las desgracias que están padeciendo, pero las personas que recorren Hiroshima y los pueblos aledaños no cuestionan la guerra ni la actitud del Gobierno, encabezado por su Emperador. Sólo al final, y en momentos muy concretos aparecen reflexiones sobre el conflicto. En todo momento, su pretensión es sobrevivir, y continuar con su vida normal, vida normal que consiste ¡en ayudar en la intendención de la guerra! Una verdadera contradicción.

Sin embargo, es verdad que la conveniencia de la guerra va penetrando en la población civil, si acaso más como expectativa sobre lo que vaya a hacer el Gobierno, que como agente decisor y activo de la dirección política del país. Los habitantes no contemplan la posibilidad de decidir. Sus vidas están en manos del Emperador. Semejante paradoja deja paso poco a poco a una realidad brutal: “Tenía el rostro negro y descolorido pero, de tanto en tanto, parecía que se le inflaban las mejillas e inspiraba profundamente. Me quedé mirándolo sin dar crédito. […] me aproximé al cadáver temblando de miedo y vi que se trataba de un enjambre de gusanos que se revolvían en la boca y la nariz y se apelotonaban en las cuencas de sus ojos; esa primera impresión de vida y movimiento no era más que el producto de sus retorcimientos”. Las palabras hablan por si solas. Shigematsu parece decirnos “bienvenidos al infierno”.

Lluvia negra es la historia de un error, la fotografía de aquello que el hombre puede hacer y, lo que es peor, hace. La trama principal en la que Yasuko es la protagonista va diluyéndose en el marasmo del horror. La muerte y la destrucción lo cubre todo, lo envuelve, lo llena hasta que no queda espacio para nada más. Escribe Shigematsu: “Estaba en el infierno, un infierno que torturaba con un ineludible y omnipresente hedor”.

 

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“La justificación de Johann Gutenberg”, de Blake Morrison abril 5, 2011

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Leer cualquier libro es, en cierta forma, un homenaje al padre de la imprenta, así que la primera novela de Blake Morrison es un doble tributo porque está dedicada a Johann Gutemberg. Pone Morrison en palabras de Gutenberg la siguiente afirmación: “La quema de un libro es como un asesinato o un suicidio, que ponen fin al legítimo transcurso de la vida”. Efectivamente, esta novela es una historia de traición: al amor, a la sociedad, a los acreedores, a la familia, a todo salvo a sí mismo, a la ambición de ver “volar las palabras como palomas” en libertad, la salvación de los libros a través de la multiplicación infinita que proporciona la imprenta, sin barreras de idiomas, ni aranceles de privilegios eclesiásticos: la extensión de la cultura por la cultura.

Gutenberg es hijo del humanismo renacentista, un hombre de ciencia que trabaja para la Iglesia, que marca con su invento un mojón que separa la Edad Media de la Moderna. En este sentido, Blake Morrison nos entrega una vida dedicada al sueño de las palabras, y el cuadro se enmarca en una minuciosa y exuberante descripción del mundo medieval: las luchas de gremios, el poder omnímodo de una Iglesia corrupta, sobre cuyo horizonte se atisba el cisma, la huida de un hogar marcado por los favores de la primogenitura, una madre obsesiva y dañina, la vida en Estrasburgo y el amor con Ennelina (un sentimiento que le acompañará toda la vida), y la renuncia por orgullo, por la esperanza de llevar las palabras al último rincón de la humanidad, el regreso a Maguncia y el inicio de una epopeya, la traición y el exilio final.

La justificación de Johann Gutenberg es el dictado de las memorias de un maestro impresor, anciano y débil, que valora a la persona por su trabajo, sus capacidades, y no por su extracción social. Desde muy pronto, Gutenberg queda fascinado por sus propias manos (“Mis manos se convirtieron en objeto de estudio privado y mis meditaciones sobre ellas en una especie de oración”). Siente que sus manos le hablan, que necesita utilizarlas (“Yo quería hacer cosas con las manos”). Admira a los carpinteros, a los lavanderos, a los herreros, a cualquiera que logre sacar de las manos una creación.

Le acusan de herejía, él contesta que es ciencia; le critican por pretender acabar con el oficio de amanuense, pero, en la lírica prosa de Morrison, Gutenberg responde: “durante siglos, habían sido bueyes arando con plumas: bestias del campo sobrecargadas, obligadas a sembrar semillas negras en tierra blanca”, ahora el impresor los libera, les proporciona una alternativa en las tareas de impresión, como cajistas, compositores, entintadores, encuadernadores o fundidores.

El hombre medieval cree que en la palabra está la esencia, que el Libro de los libros sólo podrá hablar a través de una pluma guiada por el espíritu humano, inspirado por Dios; el hombre de Maguncia traslada el acento divino de la palabra al pensamiento: lo importante no es quién escribe cada ejemplar de la Biblia, sino el mensaje que late en su interior. No es necesario un amanuense que piense lo que copia, sino sólo una maquina que acerque Dios a los hombres.

Al cabo, la justificación a la que se refiere el título es una excusa moral, el ideario de una vida dedicada a la soledad, donde la llama del triunfo se angosta por la controversia, el odio y la envidia; Gutenberg le da la espalda al amor y, como el mismo reconoce, “este libro es una especie de penitencia, una confesión de puro dolor, y con él espero salvar mi alma”. Gutenberg nos regala su corazón y Blake Morrison una excelente novela.

(La justificación de Johann Gutenberg, de Blake Morrison, Trad. de Juan Jesús Zaro, Tropismos, Salamanca, 2005)

Publicado en la revista Clarín, núm. 58.

“Kuala Lumpur” de Carles Casajuana marzo 27, 2011

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La penúltima novela de Carles Casajuana hará las delicias de cualquier aficionado al género negro. Miguel Cuadrado es asesinado en los sótanos de las Torres Petronas de Kuala Lumpur, y el acusado resulta el amante de su mujer, Andrés Miñambres. A las autoridades malayas les viene como anillo al anular o al dedo que se tercie culpar a otro español, ambos compañeros de profesión aunque rivales, para dejar el caso sentenciado como una riña entre extranjeros, algo que no ensuciará el prestigio nacional. Pero un hombre gris de la embajada española, Jordi Sureda, decide tomar cartas en el asunto ante las sospechas de negocios turbios en las adjudicaciones de las empresas contratistas de las Torres. El embajador le pide que deje trabajar a la policía, que no pretenda resolver un caso que excede sus atribuciones, y en un país extranjero, celoso de sus costumbres y su honor, un entorno en el que él es aún un recién llegado.

El plato de la investigación ya está servido pero, como es habitual en la buena narrativa negra, Carles Casajuana añade condimentos sustanciales a la trama que son los que verdaderamente construyen la novela, convirtiendo la identidad del asesino en una cuestión secundaria, y centrando el interés en el modo en que Jordi Sureda podrá demostrar la inocencia de Miñambres. Al mismo tiempo, las escenas se suceden con velocidad de diapositiva, instantáneas que nos remiten a un inmigrante indonesio que trabaja en las Torres, y cuya función en la historia aparece muy diluida, pero no por ello menos necesaria, y de quien pasamos a una pareja de alemanes con problemas en su matrimonio, lo que lleva a la mujer a contratar a un detective privado, y sobre todo asistimos a las cuitas sentimentales de Jordi Sureda, seducido por la china Cherry Lee, enamorada del español honesto y respetuoso, alguien que no la trata como una criada o un objeto. Jordi recibirá la visita de su novia al cabo de quince días y deberá vivir entre las preocupaciones del caso Cuadrado y la inclinación irresistible hacia la bondad de Cherry.

Kuala Lumpur recuerda a las descripciones de Somerset Maugham, las tramas de Graham Greene y la profundización en la mentalidad del sudeste asiático de André Malraux. Dice un personaje: “Esto es Malasia, amigo mío. Yo no sé cómo se hacen las fortunas en España, pero aquí estas cosas se hacen con magnificencia, sin pararse en barras. Ya conoce el eslogan del gobierno: Malaysia boleh! Malasia puede. No hay más límite que el cielo”. Los malayos están orgullosos de haber nacido en su país, el concepto de educación está arraigado en la sociedad a fuego y los valores éticos son significativamente distintos de los occidentales, pero Carles Casajuana hace gala de los conocimientos adquiridos en su trabajo como diplomático para llevarnos a Kuala Lumpur y percibir esta exótica ciudad con todos los sentidos: la humedad, la selvática naturaleza, los rascacielos que se levantan como cordilleras imponentes… “El tráfico en Kuala Lumpur era cada día más exasperante. Salir del circuito habitual significaba perder horas de atasco en atasco. Y los viernes eran el peor día. A las once y media los malayos dejaban el trabajo para irse a rezar y la ciudad se colapsaba”.

Malasia aúna tradición islámica y la modernidad de un capitalismo salvaje. De los bajos fondos, donde sobrevive el indonesio que quiere regresar a su país con el dinero suficiente para montar un negocio, hasta las altas esferas de la diplomacia internacional, donde hombres blancos disfrutan de todas las comodidades en hoteles y restaurantes al modo europeo, podemos tomar las medidas a un mundo que nos es desconocido, con una prosa correcta y sencilla, que hace buena la máxima barojiana de narrar para entretener, sin descuidar por ello la literatura.
Hasta la última página se marca la diferencia de perspectivas entre oriente y occidente a través del personaje tierno de Cherry Lee. Casajuana utiliza recursos literarios interesantes, sin caer en barroquismos o pedanterías, como el dialogo mudo de Cherry con su hijo de dieciocho meses y los monólogos interiores de Jordi Sureda, que le sirven para razonar su conducta, o el contrapunto de intervenciones en el capítulo XII que recalca la impresión de mosaico en la trama. Una novela muy agradable, con las pretensiones justas, que invitará al lector a seguir atravesando puertas en la obra de Carles Casajuana.

(Kuala Lumpur, de Carles Casajuana, Seix Barral, Barcelona, 2005)

Publicado en la revista Clarín, núm. 59.

“Hogueras en la llanura”, de Shohei Ooka marzo 25, 2011

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Shohei Ooka dio a luz en 1957 un alegato pulcro y elegante a favor de la paz, que, aún hoy, constituye una muestra sólida de la mejor narrativa sobre la II Guerra Mundial, y de la mejor prosa en japonés. El propio autor vivió algunos de los hechos que describe en este pequeño clásico de todos los tiempos, y supo transmitir en cada una de sus páginas los sentimientos de desorientación, miedo y remordimientos que atacan a un soldado vencido.

Porque Hogueras en la llanura es una crónica descarnada de la derrota, las tribulaciones de aquel que no halla su destino una vez que éste le ha sido arrebatado. La conciencia del soldado japonés durante la II Guerra Mundial se dirige por los caminos que dictan el Emperador y la Patria. En el momento en que la Patria abandona a sus hombres a las tropas enemigas, aquellos sufren por sí mismos, pero sufren también por el destino de gloria del que se les ha desposeído.

El soldado Tamura es testigo del hundimiento moral del ejército japonés en una pequeña isla filipina. Herido y tuberculoso es expulsado de su regimiento por inútil para el servicio. Rechazado a su vez en el hospital, donde se han de atender a heridos más graves, se ve obligado a vagar por la selva encontrando en su periplo a compañeros de armas que sobreviven de lo que pueden. Cada personaje que surge de Hogueras en la llanura es una fotografía de un alma herida. Y es que el concepto de alma tiene su importancia: Tamura ahonda progresivamente en sí mismo en busca de respuestas para él y para los demás soldados.

Los ataques enemigos son como avisos de un futuro cierto: avisos de la muerte que acecha tras cada árbol, tras cada bala, tras cada explosión. En la llanura, las hogueras de los rebeldes filipinos hilan mensajes amenazadores para el decaído ejército japonés. Y esto Tamura lo advierte precisamente en un capítulo titulado “El destino”.

Mientras tanto, recorre la selva en busca de comida, pero los hallazgos más decisivos son de otra índole. Una cruz le guía a un pueblo cercano donde llaman su atención unos objetos. Al cabo, resultan ser los cadáveres roídos por los perros de los filipinos que allí vivían. La matanza, con la iglesia como testigo silencioso, provoca una revolución interior en el soldado Tamura, que recuerda su juventud, cuando se acercó curioso a la religión católica. “En ese momento advertí que mi relación con el mundo exterior se había cortado de manera tajante. En esa tierra no había persona alguna que pudiese responder a mi llamada de socorro. “Habrá que resignarse”, fue mi conclusión”.

Tamura se resigna a su suerte; parece que ha encontrado el equilibrio. Pero los derroteros de su huida le llevan a matar a una mujer de manera fortuita por una porción de sal. A partir de ese instante los remordimientos le atormentarán de nuevo. Primero le desconsuela su destino y el de su patria, pero pronto le entristece el destino de la naturaleza humana. Los actos de sus compatriotas con los filipinos, y entre ellos mismos no ayudan a redirigir su preocupación. La soledad y  el miedo le asaltan a cada paso, y sus compañeros de fatigas le dan la espalda.

Los soldados se vuelven egoístas, ariscos y miserables. Pelean entre sí, se venden al enemigo y, como colofón de lo que la degradación humana significa para Tamura, se matan y se comen unos a otros. El tema de la antropofagia recorre las últimas páginas de Hogueras en la llanura como una obsesión. En un momento dado, Tamura se siente transfigurado, más que humano, como un enviado de Dios que ha de limpiar la podredumbre moral de sus semejantes.

Trata de superar su culpa, y discernir dónde empieza la voluntad y dónde el destino. “En el espacio de nuestra vida que queda comprendido entre el azar de nuestro nacimiento y el azar de nuestra muerte, solemos mostrar los escasos sucesos acaecidos como una manifestación  de lo que llamamos nuestra voluntad. Y como resultado, al elemento que da consistencia a esa sarta de sucesos lo denominamos carácter o nuestra vida. Así nos sentimos reconfortados, pero en realidad no nos queda otro remedio que pensar así”.

Una novela de sentimiento y razón, un equilibrio literario inimitable.  Shohei Ooka nos brinda una oportunidad de disfrutar con la lectura y reflexionar sobre nuestras dudas como personas, a partes iguales, con lucidez estremecedora.

(Hogueras en la llanura, de Shohei Ooka, Traducción de Fernando Rodríguez-Izquierdo y Gavala, Libros del Asteroide, Barcelona, 2006)

Publicado en la revista Clarín, núm. 70.

“El comisario Bordelli”, de Marco Vichi marzo 18, 2011

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En una cena se dan cita un asaltador de casas con mala suerte, un forense septuagenario, un joven policía imbuido de leyendas y sabiduría popular, un inventor que amaestra ratones y trata de mejorar a cada paso el bienestar de la humanidad, y un cocinero, que aprendió su oficio a través de una continua emigración por penales de toda Europa, y aún fuera de ella. ¿Qué tienen en común tan singular caterva de personajes? Evidentemente, el comisario Bordelli. Como en un baile, seres anegados en temores, leales y deshonestos, pudorosos y amargados, van girando en torno a un eje vertebrador constituido por un hombre de cincuenta y tres años, esclavo de sus recuerdos de guerra, y que vive en la Florencia del verano de 1963, un estío que, al decir del narrador, fue abrasador, marco en el que el comisario Bordelli tratará de hallar la solución de un crimen, como en toda novela negra que se precie. Así, sus investigaciones sobre la muerte de una rica mujer se perderán entre la bruma del recuerdo, otras muertes y otras angustias, los guisos de su restaurante favorito y las dificultades de saber el cómo del homicidio.

Efectivamente, una de las peculiaridades de esta novela es que desde el principio, o casi, sabemos quién es el autor del asesinato. Las sospechas se dirigen en un único sentido, pero la trama se articula en torno a una ecuación, en la que las incógnitas a despejar no se hallan en el resultado, sino en el cálculo previo. Bordelli y Piras, su recién nombrado ayudante e hijo de un viejo amigo de contienda, evolucionan sobre una nube de dudas, con el homicida u homicidas en el punto de mira, con un móvil plausible e incluso con la intuición que ningún detective, especialmente el literario, debe perder.

El argumento cojea en algunos puntos, casualidades demasiado casuales que suenan a ecos ya escuchados (el rayonazo en el coche de Salvetti, oportunamente descubierto justo cuando Bordelli y Piras ya se iban), o personajes que aparecen sólo para alimentar recuerdos (Elvira), sin aportar nada a la historia salvo ahondar en la descripción de la sempiterna melancolía del comisario. No obstante, no obsta para hallarse ante una lectura absolutamente recomendable, que invita a seguir leyendo, lo cual es el mejor tributo a cualquier obra literaria. Además, dado que esta novela, primera protagonizada por Bordellí, tiene su continuación en crímenes futuros, parece lógico suponer que Marco Vichi aglomera la presentación de individuos con el fin de preparar el terreno de un universo propio, al que irán acudiendo puntualmente escritor y lector, para que éste se regocije con el reencuentro en cada libro. Al final, la investigación se convierte en un escenario, un sutil decorado que enmarca la imagen de una época y unos seres, los partisanos de la Guerra Mundial, que no hallan su sitio en la Italia que despega.

Todos los personajes que aparecen en la novela lo hacen en retratos perfectos, analíticos pero no asépticos, criticados en sus defectos aunque sin perder una cierta clemencia, como si el autor pidiera perdón porque sean tan torpes, dignos y virtuosos, incluso los delincuentes. El comisario de Vichi resulta más amable que otros precedentes de género, ni tan sangriento como los detectives de Hammett, ni tan cínico como el inolvidable Marlowe de Chandler, acercándose más bien a los precedentes patrios como Bevilacqua o Carvalho. Su fuerza está en su bondad de puro simple. Diagnóstica la naturaleza de quienes le rodean al primer vistazo y sin temor de errores. Los silencios también hablan: el personaje de Rosa con su ausencia, esclarecedora de la soledad de Bordelli, y el primo Rodrigo enamorándose cuando no había esperanza, quizás indicándole el camino al soltero comisario; al tiempo, advertimos que el desamparo del protagonista se plasma precisamente en ese silencio, o en el ruido de los recuerdos, los cuales sirven para medir el estado de ánimo de Bordelli, lastrando su comportamiento y aguijoneándole a la vez.

Bordelli recorre la conciencia de los sospechosos, analiza minuciosamente móviles y consecuencia, pero sin sucumbir a un estéril uso de manuales y reglas, el instinto supone un método válido, y la imaginación es el juego que se pone en pie para sacar a la luz las verdades ocultas en el interior de cualquier ser humano. Desde el principio sabemos que Bordelli deja libres a determinados delincuentes, porque “quien roba para comer no es ladrón”, ganándose así las censuras de sus superiores. Al comisario Bordelli, le da igual, él sigue los pasos de la conciencia, bordea el bien y el mal, y los separa para decidir qué proporción hay de cada uno en la mente de un hombre. Marco Vichi nos ofrece un auténtico placer, una novela plagada de aciertos, con una prosa inspirada, que interroga sobre la alma a través de unos personajes tiernos, irreales, imposibles, y por todo lo anterior, también necesarios.

“Bosque”, de Antonio Dal Masetto marzo 1, 2011

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Tanto Siempre es difícil volver a casa como Bosque constituyen dos óperas de la violencia. En la primera Antonio Dal Masetto cuenta la historia de cuatro hombres que encuentran la muerte en una localidad mítica de la provincia de Buenos Aires: Bosque. Allí acuden para robar un banco, y lo que parece un trabajo fácil se convierte en una caza al hombre en la que los odios, rencillas y mezquindades latentes afloran dejando ver la ruindad de sus pobladores.

Los personajes comienzan una huida desesperada por las calles del pueblo, con las dos únicas salidas bloqueadas, sin recibir apenas ayuda o un mínimo de compasión. A medida que avanza la lectura de Siempre es difícil volver a casa advertimos que no son ellos los verdaderos protagonistas, sino los hombres y mujeres de Bosque. A flote sale la inquina y la violencia solapadas bajo la calma polvorienta de los árboles de plátano, como una sombra que despertara con el acontecimiento del robo. Lo que parecía un pueblo tranquilo y pacífico encuentra en el robo del banco el detonante perfecto para dejar escapar los odios acumulados por generaciones de hipocresía social. Poco a poco, Varini, el ingeniero Zamudio, y los demás “muchachos” del pueblo van adquiriendo el matiz de emisarios sangrientos, construyendo un magistral thriller, en el más amplio sentido de la palabra.

Tan largo preludio viene al caso porque sin leer Siempre es difícil volver a casa (también publicada en Tropismos) se pierde parte del espíritu de Bosque. En esta novela se continúa la historia de Siempre… y sigue la línea de ira y animalidad marcada en su predecesora. Aunque el protagonista parece que es Muto, en realidad no es más que un espectador de la violencia, un contemplador del “veneno del lugar”. Su llegada, haciéndose pasar por un guionista de cine que quiere rodar una película sobre el atraco al banco, coincide con una nueva muestra de todo aquello que Bosque esconde. En realidad, Muto llega para reencontrarse con su pasado, ver el lugar donde murió Dante Arditi (uno de los atracadores), el cual le había robado la esposa unos años antes. Quería conocer el destino de su enemigo, y descubre que el final de Dante fue un peaje demasiado caro por los pecados cometidos. Al cabo, no queda claro si Bosque es un purgatorio para los fracasados ladrones o un verdadero infierno.

“Pensaba en lo que había visto y oído en esos días […], en lo que había leído y le habían contado sobre el asalto al Banco y la cacería posterior, la violencia, la ferocidad. Comparaba aquellas imágenes con esta amabilidad, las sonrisas, la cálida iluminación de las vidrieras, la pasividad general. Y el pueblo se le aparecía como un decorado donde todo el tiempo se estuviese llevando a cabo una representación. La fachada de una vasta complicidad para el silencio, para la aceptación de algún tipo de crimen. No los crímenes recientes, los de hacía algunas horas. Sino un gran crimen latente, un viejo crimen, un crimen cometido, un crimen a cometer, un crimen que involucraba todos los crímenes y contagiaba el aire, las personas y las cosas”.

Dal Masetto habla con un lenguaje contundente y rápido, de frases cortas y cortantes, de pinceladas precisas que retratan la violencia como un personaje más, dándole forma, cargando a Bosque de una personalidad propia y diferenciada de la de sus componentes. Dal Masetto construye la acción con acierto y destreza narrativa, no sólo de los registros propios de la novela negra, sino que también acude a pasajes más líricos en los que el lector encuentra el sosiego perfecto para respirar y seguir el sangriento camino de los sucesos que se relatan.

En Siempre es difícil volver a casa la psicología de la localidad se describe con detallismo, espaciando cada muerte y permitiendo la relajación del tiempo literario, mientras que en Bosque se opta por fragmentar la trama en dos partes, uno de calma chicha previo a la tormenta, y otro de explosión de la violencia, que se traduce en un reguero de muertos. El tiempo es lento hasta la primera muerte, y a partir de ahí los acontecimientos se precipitan en una espiral incontrolable de la que se aprovecha Muto. La suya será también la historia de una huida. Una huida de su pasado, de sí mismo, del hombre gris que siempre fue. Recorre las calles de Bosque como un fantasma compilador de recuerdos e impresiones, buscando una referencia que le permita definirse, más allá de su pasividad, su resignación ante la vida que le dicta sus movimientos. Muto es un actor secundario de su propio destino, pero también él pasará a la acción, aunque solamente sea un instante, una breve tregua antes de volver a la contemplación.

Bosque es una novela negra perfecta, que necesita de Siempre es difícil volver a casa… para completarse, pero que, por sí sola, ya proporciona una lectura perdurable en la retina mental del lector.

(Bosque, de Antonio Dal Masetto, Tropismos, Salamanca, 2005)

Publicado en la revista Clarín, núm. 58.

“La humillación”, de Philip Roth octubre 7, 2010

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La última novela de Philip Roth participa de las características crepusculares que viene imponiendo a sus obras de un tiempo a esta parte. Igual que en Elegía, en La humillación nos presenta a un hombre al final de su vida, enfrentado a sus obsesiones y sus imposibilidades. Simon Axler es un maduro actor de teatro que pierde la confianza, el talento o la seguridad en sí mismo para actuar. Su mujer le abandona, medita una y otra vez en la posibilidad del suicidio, la soledad le rodea en su aislada casa de campo y decide internarse en un psiquiátrico con el fin de recuperar el rumbo de su vida y hallar una cura para su inexplicable incapacidad para transmitir emociones al público.

El derrumbe emocional preside todo el libro, como una amenaza, como una solapada forma de soportar la vida. No es Philip Roth un autor bisoño en estos terrenos. Los vericuetos de la reflexión inteligente sobre la vida y los sentimientos es una constante en su obra. En este caso, tenemos a Simon Axler, que repasa en soledad lo que ha significado para él la actuación y las relaciones con los demás. Este viaje incide particularmente en la percepción que los demás tienen del actor. De esta manera, Philip Roth habla desde la perspectiva pasiva del que es observado y se ha acostumbrado a construir su personalidad sobre la expectación que despierta en otras personas. Cuando Simon Axler pierde el talento para actuar, su vida pierde los asideros donde sujetarse. Los demás desaparecen, el público desaparece, y Simon también desaparece. Sólo existe, si existe el otro, parece decirnos Roth, como una nueva interpretación de los conocidos versos de Machado (“El ojo que ves no es/ ojo porque tú lo veas…”). Valga como ejemplo la petición que la terapeuta artística del hospital psiquiátrico hace a Simon de que trace un dibujo que refleje su sufrimiento, y que a continuación le dice: “Supongamos que tuvieras que ponerle un título al dibujo, Simon. ¿Cuál sería?” “Eso es fácil. ¿Qué diablos estoy haciendo aquí?

La novela se estructura en tres actos, al modo de un drama griego, y en cada uno de ellos la necesidad de certezas, la vulnerabilidad ante lo impredecible arrastra a Simon a personajes frágiles, al borde del abismo, que le marcan en mayor o menor medida. En el hospital conoce a una mujer cuya hija ha sufrido abusos de su padre. Y a la salida aparece otra mujer, hija de unos viejos amigos suyos y veinticinco años más joven, que acude a Simon en busca de refugio y consuelo tras ser abandonada por su novia. La mujer lesbiana y Simon inician una relación en la que Simon encontrará un asidero para reflotar su vida y un puente predecible a su destrucción personal.

A todo lo anterior hay que añadir la ya clásica exploración en el autor norteamericano de las más oscuras o limpias pulsiones sexuales, dependiendo del ojo moral que las observe. Los comportamientos y tendencias sexuales de los personajes chocan con los postulados culturales en los que viven, y ello implica una toma de contacto por parte de Simon Axler con una realidad desconocida. Si en Indignación, novela que retoma los ambientes de Adiós, Columbus, aunque con un tono más tenebroso, estas pulsiones sexuales desquician al protagonista, educado en una rígida moral judía, en La humillación, las prácticas sexuales de Pegeen son asumidas por Simon Axler con una suerte de sorpresa peligrosa e inconsciente. No sabe a dónde le dirigirá todo ello, intuye que está entrando en una zona peligrosa, casi sagrada, pero no puede evitar seguir adelante.

Philip Roth sigue produciendo a pesar de la edad, y lo hace con notable lucidez, si bien con altibajos. La suya es una literatura de la realidad en el sentido más literal posible, una disección de las emociones y las acciones como correlatos mutuos de necesario entendimiento. En fin, La humillación soporta la comparación con El lamento de Portnoy o Pastoral americana, que no es poco.

“Carretera peligrosa”, de Kris Nelscott septiembre 11, 2009

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Tenemos un detective privado, negro para más señas, una hermosa rubia llamada Laura Hathaway, nombre de magnéticas resonancias, y un escenario irrepetible: los últimos sesenta en el sur de Estados Unidos. Con semejante planteamiento Carretera peligrosa sólo puede ser una novela negra, pero novela negra en el sentido más clásico del término (Hammett, Cain, Chandler…). “Algunos dirán que el comienzo del fin tuvo lugar el 1 de enero de 1968, cuando el alcalde Henry Loeb tomó posesión […] No obstante, otros dirán que el comienzo del fin tuvo lugar el 1 de febrero, cuando dos basureros negros murieron en un accidente, aplastados en el mecanismo compresor de su viejo y averiado camión […] Para mí, no obstante, el comienzo del fin tuvo lugar el lunes 26 de febrero. Aquél día fue cuando vi a Laura Hathaway por primera vez”. La reiteración de estructuras sintácticas sirve para crear una cadencia que culmina en una imagen casi fílmica, la de la mujer fatal entrando en el despacho del detective. Toda la novela está dirigida a captar un ambiente nebuloso, de indefinible peligro y ansiedad. Los personajes se van perfilando a medida que avanza la narración, y las concepciones que de ellos pudiera tener el lector se van modificando paulatinamente.

carreterapeligrosa

Smokey Dalton recibe la visita de una chica blanca de Chicago en una época en la que el trato entre blancos y negros podía suponer un riesgo para la integridad física y el oprobio de cada comunidad racial. Los clientes de Smokey son siempre negros y la aparición de Laura Hathaway resulta tan discordante como el encargo que le hace: investigar por qué razón su madre le deja en el testamento a Smokey Dalton, alguien con quién no pudo tener nunca ninguna clase de relación, una fuerte suma de dinero. El detective toma con cierta distancia con el encargo, absorbido por la posible llegada a Memphis de Martin, su viejo amigo de infancia, hoy conocido como Martin Luther King.

La trama se va enredando poco a poco, de manera que el encargo y la cliente se convierten en esenciales para Smokey, que verá tambalearse el mundo que ha construido a base de soledad y rudeza. La infancia en Atlanta, la muerte de sus padres, torturados y apaleados inexplicablemente por un grupo de blancos, su propia huida del Estado para salvar la vida, siendo acogido por una bondadosa familia, la etapa en el ejército, todo su pasado regresa a través de caminos imprevisibles, reencuentros, descubrimientos de su vida y de los seres que él quiere y protege (como el pequeño Jimmy, en el que parece que se viera reflejado), lo que va desencadenando una suerte de sentimientos que le aíslan y le revelan una cara de sí mismo que quizás no hubiera deseado ver nunca.

A la vez, la violencia en las calles de Memphis aumenta de manera irremediable ante la inflexible actitud del alcalde Loeb con la huelga de los basureros, que, al ser en su mayoría hombres negros, se convierte en un conflicto racial de proporciones cada vez más importantes. Los oradores de todo el país se acercan a Memphis para ayudar en el conflicto, y entre ellos el más afamado y respetado: Martin Luther King. Las autoridades locales de la comunidad negra quieren que Smokey se implique, pero él está demasiado absorto en la investigación de su propia vida y la protección de su amigo Jimmy, que imprevisiblemente acabará convirtiéndose en un elemento vertebrador de la novela, para encargarse también de la protección de Martin.

A lo largo de los días, las cosas se irán complicando para Smokey, que se verá desbordado por los acontecimientos, lo que le provoca un sentimiento de permanente peligro: “Tenía una sensación tan profunda de corazonada que casi esperaba que alguien saliera de las sombras para atacarme. Pero nadie lo hizo. E instantes después me aparté de a ventana y empecé a caminar calle abajo, con las manos en los bolsillos, escuchando mis pisadas sobre el asfalto, y supe que estaba solo”. La ciudad de Memphis se convierte en un personaje más que ayuda a marcar la caracterización de esta obra como excelente novela negra.

Kris Nelscott sabe llevar los hilos de la historia con maestría, un tono ligero pero cortante, duro y sin concesiones, acorde con lo que se pretende narrar. Todas las tramas se van entrelazando para formar la red perfecta que atrapa al lector en los claros y oscuros del alma de un hombre, pero, sobre todo, del alma de una sociedad, la norteamericana del profundo sur, que todavía marca las diferencias entre seres humanos por el color de su piel. En definitiva, Carretera peligrosa es de esas novelas que, como se suele decir, “enganchan”, y hacen de la prosa un oficio honesto con el lector: novela sin pretensiones ni decepciones.

(Carretera peligrosa, de Kris Nelscott, Trad. de Antonio Fernández Lera, Tropismo, Salamanca, 2006)

Publicado en la revista Clarín, núm. 68.

“El hermano de las moscas”, de Jon Bilbao agosto 13, 2009

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La primera novela de Jon Bilbao es un ejercicio de precisión, un juego de relojería exacta que se afina en cada página, y avanza con decisión hasta el último punto. En sus publicaciones anteriores (3 relatos, y la participación en Ficciones) ya había demostrado esta capacidad para fabular mediante una prosa rigurosa y pulcra, una estela literaria que lleva de Cheever a Richard Ford, pasando por Cormac McCarthy. Jon Bilbao toma de la narrativa norteamericana todas las posibilidades expresivas, las hace suyas y luego las devuelve para contar una historia. Presentación, nudo y desenlace. Un novelista de madera.

En este caso, nos cuenta los padecimientos de Grego, un joven que sobrevive en Tailandia alquilando embarcaciones a turistas. Un día empieza a encontrarse mal y viaja a España a ver a su hermano Héctor. Llega el mismo día del nacimiento de la hija de Héctor y Sara. Al terremoto familiar de un nuevo miembro se une la enfermedad de Grego: se convierte en un enjambre de moscas. El proceso dura unos días, después de los cuales Grego vuelve a transformarse en ser humano, aunque con ciertas molestias. En sucesivas transformaciones, las molestias irán en aumento.

El referente principal, y obvio, de la novela es La Metamorfosis de Kafka, y al igual que en la obra del checo, en la novela de Jon Bilbao el argumento no debe oscurecer el tema: las relaciones familiares. Si Kafka traducía a la imagen de un coleóptero la difícil relación que mantenía con su padre, Jon Bilbao reflexiona en El hermano de las moscas sobre la relación entre Héctor y Grego; uno es ambicioso, serio, metódico, familiar, típico representante de la burguesía de clase alta, de casa con jardín y profesión liberal; el otro es un bon vivant, un aventurero que progresa a salto de mata, sin preocupaciones ni remordimientos. Los dos caracteres se hallan frente a frente y chocan al principio, pero menos de lo que el texto parece intuir que sucedió en el pasado. Porque muy pronto, lo que parecía una crónica del desencuentro se convierte en una crónica de la reconstrucción de un vínculo esencial. Los dos hermanos van progresivamente comprendiendo y comprendiéndose.

Portada El hermano de las moscas

Es aquí cuando se añaden el resto de variables de la ecuación literaria que el autor nos propone: Sara, la esposa que considera a su cuñado un caradura sin perdón; Carol, la canguro con la que mantiene una relación muy particular con Grego, y que podría interpretarse como un trasunto de su vida pasada; y finalmente Diana, el daño colateral, enamorada de Grego y desahuciada por una situación que no entiende. Todos estos personajes sirven a la acción.

¿Y cuál es la acción? Más bien poca, porque Jon Bilbao, como digno emulador de cierta narrativa norteamericana, no hace avanzar la trama más que en la progresiva reducción de los espacios de tiempo que median entre cada recaída de Grego. El autor describe minuciosamente (en algunos casos con innecesaria minuciosidad) el devenir diario en las vidas de los protagonistas. Sus preocupaciones, sus alegrías, sus miedos, la metamorfosis del hermano como decorado invisible de la historia, los ecos que nos llega de la urbanización, ese cuadro hipócrita, morboso, de vecinos que se comportan como porteras, con dimes y diretes sobre la vida de los demás.

El verdadero mérito de esta novela se halla en la tupida red que el autor teje para escenificar la historia. Su pormenorizada descripción, a lo largo de los años, de la familia de Héctor tiene como objetivo decir más con lo que no se narra que con lo que sí se cuenta. Los silencios juegan un papel más decisivo que las palabras. Las piezas encajan como en un puzzle. Incluso las citas que acompañan a cada parte de la novela han sido elegidas con inteligencia: un frase del personaje de La mosca de Kurt Neumann (una de las películas basadas en un correctísimo relato de George Langelaan); un pasaje de La Metamorfosis de Kafka, evidenciando la deuda literaria; una frase del norteamericano James Salter, en cuya obra Años luz narra la destrucción de una familia (¿pretende Jon Bilbao jugar al equívoco sobre el final de El hermano de las moscas?); y unos versos de John Ashbery, que remiten a penas y calamidades.

Al autor le interesa meditar sobre el engaño de las apariencias, sobre la falsedad de lo perfecto. Pero las reflexiones están desterradas de la narración, los personajes hablan, se mueven, protagonizan una vida anodina (exceptuando, claro, la peculiaridad de la metamorfosis), y el interés se mantiene porque la expresión literaria de Jon Bilbao es impecable. Cada frase está escrita de la única forma posible, con las palabras adecuadas, sin retóricas ni adornos, sin construcciones sintácticas arriesgadas. Pulcritud máxima la de una novela, en el sentido más estricto del género.

(El hermano de las moscas, de Jon Bilbao, Salto de página, Madrid, 2008)

Publicado en la revista Clarín, núm. 74.

“Ni de Eva ni de Adán”, de Amélie Nothomb julio 21, 2009

Posted by joseangelgayol in Novelas.
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Leer una novela de Amélie Nothomb siempre se parece a leer otra novela de Amélie Nothomb, en el buen sentido de que la autora belga abre las puertas a un universo de leyes propias y actos concatenados bajo el signo del absurdo. Ni de Eva ni de Adán no constituye una excepción.

Esta novela se incardinaría en la vertiente biográfica de la escritora, en la senda de Estupor y temblores, Metafísica de los tubos o El sabotaje amoroso. En todas ellas la personalidad de la autora trasluce bajo la trama como un reflejo de sus obsesiones. El choque cultural, la perspectiva casi etnográfica de sus libros, son un punto positivo que Amélie reitera con acierto. Ni de Eva ni de Adán cuenta pues los años anteriores a su ingreso en el mundo laboral japonés, que narraba excelentemente en Estupor y temblores, aunque en las últimas páginas la historia se solapa con aquel estupor y completa vacíos.

Así, Ni de Eva… es una historia de amor. Quizás la primera historia de amor “convencional” que escribe Amélie Nothomb. El amor nunca está fuera de la órbita de la autora. De hecho, la belleza y la sublimación de la pasión es el principal y recurrente tema de sus novelas. En todas ellas, incluídas las que no sosn estrictamente biográficas como Atentado,  Antichrista o Diario de Golondrina, el personaje se enamora de algo o alguien, pero se trata de una fascinación estética, pura, sensible. La contraposición entre lo bello y lo feo es básica en su literatura. Su jefa, su niñera, su compañera de juegos, su hermana, Japón, China, cada persona u objeto de adoración de Amélie Nothomb o sus personajes se define por una belleza deslumbrante, arrebatadora y libre de cualquier artificio sexual. En Ni de Eva… esta pasión por la belleza nívea, etérea, de elegancia espiritual, permanece en la persona de Rinri, el novio japonés, pero se añade un componente material, sexual, agreste. Amélie Nothomb se descubre a sí misma ante la realidad.

Portada Ni de Eva ni de Adán

Hay una ausencia de implicación constante. En sus novelas, Amélie Nothomb es una observadora. Y a pesar de ser atravesada por multitud de sentimientos que destrozan sus percepciones y su sensibilidad, el personaje aparece siempre al margen, alejado y cercano. En esta novela, sin embargo, Amélie se ve en la obligación de ganar algún dinero como profesora de francés. Su primer alumno resulta ser un esbelto y peculiar japonés del que se enamora sin poder evitarlo. Lo ama todo de él, y se incluye a sí misma por primera vez.

Entiendo que Amélie vive su vida con la distancia que proporciona su megalomanía personal, su inmenso universo interior que la ata a sí misma. Pero en esta etapa Rinri ocupa un espacio trascendental y los sucesos de ese amor son como una escalera hacia la convencionalidad. Ascienden al monte Fuji, viajan a Hiroshima, viven juntos en el apartamento de una amiga o en la casa de Rinri. Amélie no pierde tampoco su posición de observadora, aunque en esta ocasión no analiza tanto la pasión amorosa que la aflige como la contraposición cultural que percibe respecto de Rinri.

Sin duda, uno de los encantos de las novelas biográficas de Amélie consiste en ese enaltecimiento de su propia persona, que no resulta fatuo sino irónico y justificable, mezclado con la estupefacción ante la realidad absurda que la rodea: en general, otro país y otra cultura, con la que, sin embargo, empatiza y se funde en la medida de lo posible. El humor de su prosa es una pátina de cordura y fina sensatez. Los diálogos son contundentes por su permanente ironía. Y sus experiencias siempre aparecen teñidas de una exaltación sentimental puramente japonesa.

Ni de Eva ni de Adán es, pues, otro vuelta de tuerca a más de lo mismo, que es distinto cada vez, porque cada novela narra hechos diferentes, historias divertidas y singulares, que apuntalan una sólida carrera literaria y una imagen siempre juvenil de la escritora belga. Esta novela no defraudará a sus incondicionales, ni modificará la opinión de sus detractores.

(Ni de Eva ni de Adán, de Amélie Nothomb, traducción de Sergi Pàmies, Anagrama, Barcelona, 2009)

Publicado en la revista Clarín, núm. 81.