jump to navigation

“¡Indignaos!”, de Stéphane Hessel agosto 12, 2011

Posted by joseangelgayol in Ensayo.
add a comment

El atentado de las Torres Gemelas de Nueva York en 2001 dio entrada a una década presidida por el peligro islamista, las guerras antiterroristas más o menos justificadas por la normativa internacional y una merma indudable en los valores democráticos de la cultura política occidental. El corolario a este decenio ominoso fue la crisis económica surgida en 2007 a raíz de las polémicas hipotecas basura, con el subsiguiente rescate financiero por parte de los Estados y el recorte evidente de derechos sociales para los ciudadanos. Sea la opción ideológica que sea, tras las políticas llevadas a cabo en el ámbito nacional e internacional subyace un pensamiento neoliberal en lo económico y conservador e intervencionista en lo moral. Tanto los partidos de izquierda como los de derecha en nuestro país o en otros toman parecidas medidas de ajuste, aconsejados por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo, así como las agencias de calificación, todos ellos causantes en alguna medida de la crisis económica actual.
Dicho esto no cabe duda de que los ciudadanos fuimos unos activos colaboradores. Los derechos cívicos, los atentados contra elementos clave de la democracia, la persecución (por una razón u otra) de los medios de comunicación en distintos puntos del planeta supuestamente democrático, el pensamiento único y la disidencia acallada de las minorías, la relajación de las voluntades y de las reivindicaciones políticas, la desconcertante anomia de los políticos sobre sus palabras y promesas, la contención salarial que afecta a trabajadores (pero no a directivos) y en definitiva el desarme moral por el que nos despeñamos, son algunos de los temas que directa o indirectamente se tratan en este breve opúsculo de Stéphane Hessel.
El libro se encabeza con un prólogo de José Luis Sanpedro que avanza y se congratula con el mensaje del autor francés, con su llamada a la insurrección pacífica. No es baladí su alegato a las conciencias adormecidas de la ciudadanía francesa y, por extensión, al resto de demócratas del mundo. Stéphane Hessel, superviviente del Holocausto y único redactor vivo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, es uno de esos hombres cuya defensa de la dignidad y de la paz está fuera de toda duda. La indignación legítima encendía las luchas de los ciudadanos del pasado para lograr una sanidad pública y para todos, una educación universal, libertad de reunión, de expresión, de prensa, y un largo etcétera que hoy se halla en peligro sin que nos demos cuenta. Stéphane Hessel llama a la indignación por la indignación. Ya no tenemos un enemigo evidente contra el que luchar (el nazismo, la opresión, la desigualdad). Quizás los levantamientos a favor de la democracia y la libertad en el mundo musulmán, como consecuencia de la inmolación de Mohammed Bouazizi, se hallan cerca de lo que debió ser la conquista de ese Estado del bienestar que hoy día corre peligro de ser desmantelado. Para ellos el enemigo tiene rostro y armas. Nosotros tenemos que buscar al enemigo tras la cortina boscosa de la terminología financiera, y lo dificultoso de este reto podría vencerse con una indignación sana, pacífica, visceral y necesaria.

¿Qué sucede en el mundo occidental? Para Stéphane Hessel la desmotivación es absoluta y descorazonadora. Los jóvenes y los mayores no encuentran su sitio en la vida pública que se les ofrece y, lo que es peor, no parecen encontrar la fuerza de voluntad necesaria para cambiar la situación. Porque esto es importante: no cabe la relajación bajo el consuelo de la imposibilidad, el paraguas hipócrita y cómodo que consiste en dejarse llevar por el convencimiento de que nada va a cambiar. Este ensayo propone recuperar la voluntad de pensar (como deber ser en un buen ensayo), pero sobre todo la voluntad de reaccionar, la asunción en la propia conciencia de que podemos hacer algo, para después trasladar ese convencimiento a las conciencias de los demás. ¿Cómo puede ser que no haya suficiente dinero como para erradicar la pobreza en nuestros países, y con mayor motivo en los países del Tercer Mundo? ¿Qué sucede que no hacemos nada, más allá de manifestaciones orquestadas por organizaciones desprestigiadas por los mismos usos y costumbres que condenan? “La indiferencia es la peor de las actitudes”, dice Stéphane Hessel. Con ello se pierde la facultad de indignación y el compromiso que la sigue. ¿Seguiremos perdiendo derechos, valores, moral democrática y también dinero sin mover un dedo? ¿Seguiremos conformándonos con ejercer como ciudadanos cada cuatro años votando al mismo partido porque el otro haría lo mismo? No es cuestión de política, si no de conciencias alzando la voz y gritando “basta”. Es preciso decirles a nuestros gobernantes, sean del signo que sean, que se acabó el pensamiento único, los recortes sociales para la mayoría (quien menos tiene) y la conservación de los privilegios para una minoría (quien más tiene), la corrupción política o el clientelismo de los miembros y amigos de sindicatos y partidos.
No se trata de acabar con el capitalismo. Se trata de garantizar unas condiciones mínimas y dignas para todos los ciudadanos, de recuperar la autoridad moral a favor de los principios democráticos, y de no caer en la indiferencia. Que Stéphane Hessel consiga remover las conciencias de los lectores será muy difícil, pero si lo logra con unos pocos ya será mucho.
(¡Indignaos!, de Stéphane Hessel. Trad. de Telmo Moreno Lanaspa, Destino, Barcelona, 2011)

Anuncios