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“Lo mejor de McSweeney’s” (2 vol.), de Dave Eggers (Ed.) abril 26, 2012

Posted by joseangelgayol in Relatos.
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McSweeney’s se ha convertido, casi sin quererlo, en la referencia obligada de la nueva narrativa norteamericana, aquella que camina hacia la vanguardia, que busca referencias en la realidad, aunque sólo sea para distorsionarla, y define la disolución ideológica del cambio de siglo. Lo que se escribe al otro lado del Atlántico es una prosa directa, de temas contundentes e insanos; los autores de McSweeney’s son de lo mejor del futuro (y presente) literario de Estados Unidos, pero son también, aparte de la calidad intelectual, un referente y muestra de las cuestiones que surgen en el seno de la sociedad americana al margen de las corrientes oficiales.
En estos dos volúmenes, blanco y negro, se reúnen algunas de las mejores historias aparecidas en McSweeney’s, revista fundada por Dave Eggers quien ha buscado desde sus inicios la innovación, no sólo en cuanto al contenido, sino también en cuanto al formato, buscando nuevas vías de expresividad visual en el libro como objeto. En cada número, la revista se ha ido reinventando a sí misma con una página desplegable, una caja de cartón con catorce opúsculos en su interior o sujetos con una goma gruesa, un CD para acompañar cada relato de una canción escrita para esa historia en particular… Todo ello nos lo cuenta el propio Dave Eggers en la introducción que encabeza el volumen I, repaso al nacimiento y desarrollo de una publicación ya de culto.

Y al contenido se llega por un camino de melancolía y desesperanza; al leer estos cuentos, nos asalta una terrible sensación de ajenidad, de extrañeza ante el mundo, la desapasionada virtualidad de lo que consideramos real. Los escritos de estos volúmenes divergen en los tratamientos, los estilos o las perspectivas narradoras (como es lógico, por otra parte, dado el heterogéneo grupo de autores), pero todos ellos tienen en común la extrañeza, la irreverencia hacia aquello que nos rodea.

Ann Cummings, Rick Moody, William T. Vollmann, Zadie Smith, Arthur Bradford, Jonathan Lethem, David Foster Wallace o el propio Dave Eggers conformarían la nómina de la que probablemente sea una etiqueta publicitaria llamada Next Generation, aunque entre ellos existe un nexo que es un territorio diluido, de contornos vagos, donde conviven personajes que se buscan a sí mismos, en sí mismos o en el mundo, que escalan una montaña (“Montaña arriba, en lento descenso” de Dave Eggers), meditan sobre la existencia en situaciones límite (“Tres reflexiones acerca de la muerte” de William T. Vollmann), revelan que el Tribunal Supremo resuelve sus sentencias difíciles jugando a baloncesto (“Sin jueces no hay faltas” de Jim Stallard, ácida y desternillante crítica al sistema judicial americano), avisan de los riesgos de la era del bisturí con resultados hilarantes (“Otro ejemplo más de la porosidad de ciertas fronteras (VIII)” de David Foster Wallace) o nos ilustran sobre la situación e historia del movimiento independentista hawaiano (“¡Haole, volved a casa!: pequeños gestos del movimiento secesionista hawaiano” de Zeb Borow). En todos los relatos existe una búsqueda de la identidad personal, nacional, sexual o sentimental.

 

Destacar uno sería tarea imposible, si bien no todos son igual de interesantes. Habría que detenerse sin duda en el desafío ideológico de “Notas desde un búnker junto a la autopista 8”, de Gabe Hudson. Es un relato sin concesiones líricas ni florituras que atenúen la crudeza de la historia: un soldado americano en la Guerra del Golfo recibe el aviso divino de ayudar a los heridos iraquíes de la autopista 8; se refugia en un búnker enemigo con un compañero, que ha perdido un brazo en un ataque de la guerrilla, mientras repasa en su memoria las cartas del padre, un héroe de la Guerra de Vietnam que decide volverse gay para protestar contra la política exterior americana. Dicho así, todo parece un enorme desatino, y sin embargo el relato se crece, y progresa en el análisis de la psicología del protagonista y la relación con su padre, a quien va pareciéndose sin ser consciente de ello.

También magistral es “La chica del flequillo”, un cuento corto de Zadie Smith que ilustra los vaivenes de los sentimientos y el fetichismo de los detalles en la persona amada. Tema que toca a su manera Arthur Bradford en “Moluscos” (cuento que aparece en el libro ¿Quieres ser mi perro?, Mondadori, 2004), y donde se dibuja un triángulo amoroso que gira en torno a una enorme y pacífica babosa. Como telón de fondo se aprecia la desestructuración de una parte de la juventud norteamericana.

En ocasiones se adopta la forma de ensayo para hilar la narración como en “¡Haloe, volved…” de Zeb Borow, antes citado, en “En el reino de Unabomber” de Gary Greenberg, en “Tres reflexiones acerca de la muerte” de William T. Vollmann, también citado, o en “La República de Marfa” de Sean Wilsey. Otras veces se acude a un tono periodístico (“El caso Kauders” de Aleksandar Hemon) o histórico (“La Chifladura de Banvard” de Paul Collins o “Las lágrimas de Squonk, y lo que sucedió después” de Glen David Gold). Mención aparte merece “Dios vive en San Petersburgo” de Tom Bissel, crudo relato sobre las pasiones cruzadas con los intereses materiales y donde se diluyen las líneas de la moralidad: simplemente magnífico, en especial el personaje atormentado por dudas éticas y religiosas.

Por supuesto, gran parte de la calidad de estos relatos se cifra en la maestría narrativa de autores ya consagrados como Rick Moody en el relato “Rancho Doble Cero”, que cuenta el periplo laboral de una familia del Medio Oeste con ideas brillantes que no acaban de cuajar. Rick Moody juega con las posibilidades que brinda el azar y la necesidad de aprovecharlas. Dosifica la trama en frases cortas y disecciona un personaje que se autodestruye por su propia naturaleza de perdedor.

Jonathan Lethem, por su parte, homenajea a Franz Kafka en “Con K de kopia”, y propone el proceso surrealista contra la personalidad de un hombre corriente (la grisura del día a día) y la transformación en un superhéroe.

Dave Eggers deja que los personajes hablen en una obra coral que tiene por protagonista el desencanto del ser humano, la agonía del vacío para quien no descubre el reto de seguir vivo. El personaje de Rita sirve para seguir la escalada de una montaña para unos turistas del primer mundo para quienes el continente africano sólo es la estación hacia las emociones. En “Montaña arriba, en lento descenso”, Rita quiere desear pero no sabe qué. Su existencia sólo es tal como referencia de aquellos que la rodean, pero siente que no le pertenece, que sólo subió el Kilimanjaro para demostrar que era capaz de cualquier cosa…

Son muchos los relatos que merecen ser citados a lo largo de estos dos volúmenes, y los aportes que se hacen al plato de la cuentística americana son ciertamente notables, por su desenfado formal (los títulos de los cuentos ya avisan de por dónde van los tiros), por su irreverencia hacia todo, por su descaro temático, por la confesada certidumbre de Dave Eggers de dar un padre (o vehículo de publicación) a escritos huérfanos que no habían encontrado editor o revista que los ayudara. Lo mejor de McSweeney’s es, al cabo, sólo lo mejor.

 (Lo mejor de McSweeney’s, de Dave Eggers (Ed.), Mondadori, Barcelona, 2005)

Publicado en la revista Clarín, núm. 60.

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