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“Lluvia negra”, de Masuji Ibuse agosto 18, 2011

Posted by joseangelgayol in Novelas.
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Reseñar una buena novela es un trabajo fácil. Reseñar un clásico no es siquiera trabajo: el eco de sus páginas va dictando la reseña, acomodando las palabras por sí mismas. Así resulta con Lluvia negra, la narración de las consecuencias inmediatas de la bomba atómica de Hiroshima.

La historia central gira en torno a Yasuko, sobrina de Shigematsu Shizuma, que es objeto de toda clase de habladurías entre los vecinos. Estos rumores llegan a los sucesivos pretendientes de la joven, la cual se ve rechazada porque supuestamente está enferma de la radiación. Los pretendientes de pueblos vecinos envían emisarios para informarse sobre la joven Yasuko, y ante la eventualidad de que tenga la “enfermedad de la radiación” rechazan cualquier enlace. Semejante injusticia causa el enfado de Shigematsu, que decide iniciar la redacción de un diario en el que narrará sus impresiones de aquel 6 de agosto de 1945, y los días que sucedieron hasta la rendición de Japón, para acabar con los rumores, enseñarlo al siguiente pretendiente, y demostrar que él sí estuvo enfermo, pero que Yasuko no ha mostrado ningún signo de hallarse afectada por la enfermedad.

Con una prosa de limpieza y sencillez absolutas Masuji Ibuse va desgranando de un modo barojiano decenas de pequeñas historias, vidas que asaltan a Shigematsu en su devenir a través de los escombros de Hiroshima. Primero con la búsqueda de sus parientes, y luego, cuando los encuentra, volviendo a las ruinas por uno u otro motivo. Shigematsu encuentra viejos amigos, conocidos o simplemente personas que le cuentan su propia historia, que es la suya, al tiempo que en su diario nos muestra de forma descarnada lo que significa la destrucción absoluta.

Precisamente, la fuerza de la novela de Masuji Ibuse reside en la contención, en la ausencia de filigranas estilísticas, en la aplastante crudeza de sus descripciones, sin necesidad de valoración ética: “Había una mujer vestida únicamente con enaguas que corría fatigosamente refunfuñando sin cesasr; otra que llevaba a un niño en brazos y gritaba “¡agua!, ¡agua!”, sin dejar de limpiar los ojos del niño entre grito y grito porque tenía los ojos pegados por una sustancia parecida a la ceniza. Un hombre gritaba hasta desgañitarse; mujeres y niños corrían  chillando; otros suplicaban que alguien los scorriese…”

Cada página de esta novela es un canto sobre el horror. Las formas dantescas que la muerte puede adoptar aparecen registradas por Misuje Ibuse con una concisión fría pero humana. El pánico inmediato a una hecatombe, los primeros intentos individuales de organización, la ayuda inexistente, el desamparo, los rumores, la lucha por avanzar, los vivos que surgen de entre los escombros, como resucitados, los cadáveres a cada paso, las informaciones como medias verdades, los primeros auxilios gubernamentales… en definitiva, todas las impresiones del caos aparecen retratadas en Lluvia negra.

Un apunte interesante es que, aunque los días fueran pasando, la guerra aparece en un segundo plano. No cabe duda de que es un elemento fundamental, y origen evidente de las desgracias que están padeciendo, pero las personas que recorren Hiroshima y los pueblos aledaños no cuestionan la guerra ni la actitud del Gobierno, encabezado por su Emperador. Sólo al final, y en momentos muy concretos aparecen reflexiones sobre el conflicto. En todo momento, su pretensión es sobrevivir, y continuar con su vida normal, vida normal que consiste ¡en ayudar en la intendención de la guerra! Una verdadera contradicción.

Sin embargo, es verdad que la conveniencia de la guerra va penetrando en la población civil, si acaso más como expectativa sobre lo que vaya a hacer el Gobierno, que como agente decisor y activo de la dirección política del país. Los habitantes no contemplan la posibilidad de decidir. Sus vidas están en manos del Emperador. Semejante paradoja deja paso poco a poco a una realidad brutal: “Tenía el rostro negro y descolorido pero, de tanto en tanto, parecía que se le inflaban las mejillas e inspiraba profundamente. Me quedé mirándolo sin dar crédito. […] me aproximé al cadáver temblando de miedo y vi que se trataba de un enjambre de gusanos que se revolvían en la boca y la nariz y se apelotonaban en las cuencas de sus ojos; esa primera impresión de vida y movimiento no era más que el producto de sus retorcimientos”. Las palabras hablan por si solas. Shigematsu parece decirnos “bienvenidos al infierno”.

Lluvia negra es la historia de un error, la fotografía de aquello que el hombre puede hacer y, lo que es peor, hace. La trama principal en la que Yasuko es la protagonista va diluyéndose en el marasmo del horror. La muerte y la destrucción lo cubre todo, lo envuelve, lo llena hasta que no queda espacio para nada más. Escribe Shigematsu: “Estaba en el infierno, un infierno que torturaba con un ineludible y omnipresente hedor”.

 

“¡Indignaos!”, de Stéphane Hessel agosto 12, 2011

Posted by joseangelgayol in Ensayo.
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El atentado de las Torres Gemelas de Nueva York en 2001 dio entrada a una década presidida por el peligro islamista, las guerras antiterroristas más o menos justificadas por la normativa internacional y una merma indudable en los valores democráticos de la cultura política occidental. El corolario a este decenio ominoso fue la crisis económica surgida en 2007 a raíz de las polémicas hipotecas basura, con el subsiguiente rescate financiero por parte de los Estados y el recorte evidente de derechos sociales para los ciudadanos. Sea la opción ideológica que sea, tras las políticas llevadas a cabo en el ámbito nacional e internacional subyace un pensamiento neoliberal en lo económico y conservador e intervencionista en lo moral. Tanto los partidos de izquierda como los de derecha en nuestro país o en otros toman parecidas medidas de ajuste, aconsejados por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo, así como las agencias de calificación, todos ellos causantes en alguna medida de la crisis económica actual.
Dicho esto no cabe duda de que los ciudadanos fuimos unos activos colaboradores. Los derechos cívicos, los atentados contra elementos clave de la democracia, la persecución (por una razón u otra) de los medios de comunicación en distintos puntos del planeta supuestamente democrático, el pensamiento único y la disidencia acallada de las minorías, la relajación de las voluntades y de las reivindicaciones políticas, la desconcertante anomia de los políticos sobre sus palabras y promesas, la contención salarial que afecta a trabajadores (pero no a directivos) y en definitiva el desarme moral por el que nos despeñamos, son algunos de los temas que directa o indirectamente se tratan en este breve opúsculo de Stéphane Hessel.
El libro se encabeza con un prólogo de José Luis Sanpedro que avanza y se congratula con el mensaje del autor francés, con su llamada a la insurrección pacífica. No es baladí su alegato a las conciencias adormecidas de la ciudadanía francesa y, por extensión, al resto de demócratas del mundo. Stéphane Hessel, superviviente del Holocausto y único redactor vivo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, es uno de esos hombres cuya defensa de la dignidad y de la paz está fuera de toda duda. La indignación legítima encendía las luchas de los ciudadanos del pasado para lograr una sanidad pública y para todos, una educación universal, libertad de reunión, de expresión, de prensa, y un largo etcétera que hoy se halla en peligro sin que nos demos cuenta. Stéphane Hessel llama a la indignación por la indignación. Ya no tenemos un enemigo evidente contra el que luchar (el nazismo, la opresión, la desigualdad). Quizás los levantamientos a favor de la democracia y la libertad en el mundo musulmán, como consecuencia de la inmolación de Mohammed Bouazizi, se hallan cerca de lo que debió ser la conquista de ese Estado del bienestar que hoy día corre peligro de ser desmantelado. Para ellos el enemigo tiene rostro y armas. Nosotros tenemos que buscar al enemigo tras la cortina boscosa de la terminología financiera, y lo dificultoso de este reto podría vencerse con una indignación sana, pacífica, visceral y necesaria.

¿Qué sucede en el mundo occidental? Para Stéphane Hessel la desmotivación es absoluta y descorazonadora. Los jóvenes y los mayores no encuentran su sitio en la vida pública que se les ofrece y, lo que es peor, no parecen encontrar la fuerza de voluntad necesaria para cambiar la situación. Porque esto es importante: no cabe la relajación bajo el consuelo de la imposibilidad, el paraguas hipócrita y cómodo que consiste en dejarse llevar por el convencimiento de que nada va a cambiar. Este ensayo propone recuperar la voluntad de pensar (como deber ser en un buen ensayo), pero sobre todo la voluntad de reaccionar, la asunción en la propia conciencia de que podemos hacer algo, para después trasladar ese convencimiento a las conciencias de los demás. ¿Cómo puede ser que no haya suficiente dinero como para erradicar la pobreza en nuestros países, y con mayor motivo en los países del Tercer Mundo? ¿Qué sucede que no hacemos nada, más allá de manifestaciones orquestadas por organizaciones desprestigiadas por los mismos usos y costumbres que condenan? “La indiferencia es la peor de las actitudes”, dice Stéphane Hessel. Con ello se pierde la facultad de indignación y el compromiso que la sigue. ¿Seguiremos perdiendo derechos, valores, moral democrática y también dinero sin mover un dedo? ¿Seguiremos conformándonos con ejercer como ciudadanos cada cuatro años votando al mismo partido porque el otro haría lo mismo? No es cuestión de política, si no de conciencias alzando la voz y gritando “basta”. Es preciso decirles a nuestros gobernantes, sean del signo que sean, que se acabó el pensamiento único, los recortes sociales para la mayoría (quien menos tiene) y la conservación de los privilegios para una minoría (quien más tiene), la corrupción política o el clientelismo de los miembros y amigos de sindicatos y partidos.
No se trata de acabar con el capitalismo. Se trata de garantizar unas condiciones mínimas y dignas para todos los ciudadanos, de recuperar la autoridad moral a favor de los principios democráticos, y de no caer en la indiferencia. Que Stéphane Hessel consiga remover las conciencias de los lectores será muy difícil, pero si lo logra con unos pocos ya será mucho.
(¡Indignaos!, de Stéphane Hessel. Trad. de Telmo Moreno Lanaspa, Destino, Barcelona, 2011)