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“Extinción”, de David Foster Wallace agosto 21, 2009

Posted by joseangelgayol in Relatos.
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La generación de Foster Wallace, eso que algunos llaman la Next Generation, es una familia contestataria, de textos agresivos y directos, reflexivos y muy humanos, demasiado humanos quizás, que encuentran en la realidad los elementos para armar su escritura. Chuck Palahniuk, Jonathan Franzen, Ethan Canin, Lorrie Moore, Dave Eggers alumbran una nueva visión crítica de la sociedad americana desde posiciones de reivindicación radical, que tiene sus fuentes en DeLillo o Pynchon. Todos ellos escriben sobre la actualidad más cercana, en términos conscientemente modernos. David Foster Wallace ha dicho que “para los jóvenes escritores, la tele es parte de la realidad en la misma medida que los Toyota o los atascos de tráfico” y se pregunta “qué hace uno cuando la rebelión posmoderna se convierte en una institución de la cultura pop?”

Portada extincion
Cada relato de Extinción es una forma de motín, una sacudida al equilibrio individual de los seres humanos en las sociedades actuales. Mientras algunos escritores de la Next Generation se circunscriben al análisis del ámbito social norteamericano (es el caso de Rick Moody  o Jonathan Lethem, sin menoscabo de que se puedan trasladar a otras culturas gracias la globalización del mercado cultural en que vivimos), los textos de Foster Wallace (como los de Dave Eggers, Chuck Palahniuk o A.M. Homes) son extrapolables al resto del mundo, tienen una vocación de generalidad que los hace imprescindibles. Aunque se ambienten en Estados Unidos, no existen unos trazos de carácter costumbrista en la narración, por lo que la identificación de las ciudades se hace difícil. Foster Wallace no es autor de lugares sino de situaciones, de personajes o, lo que es más importante, de personas, quizás la principal virtud de cualquier narrador: la capacidad de crear personas vivas en las hojas de un libro.
En “Señor Blandito”, “El neón de siempre”, o el relato que da título al volumen, “Extinción”, encontramos una prosa de personajes, de psicología individual, así como la influencia de lo social en el fuero interno de las personas. Lo característico de los relatos de Foster Wallace, y en general de gran parte de la última narrativa norteamericana, es que cada historia pretende ser un retrato, desde diferentes perspectivas, de lo que la sociedad quiere de sus componentes. Si en “Señor Blandito” asistimos a una descorazonadora versión de 1984 de George Orwell, donde el nuevo Gran Hermano es la publicidad, dominadora de mentes en masa y limitadora de la capacidad de subversión de los seres humanos, en “El canal del sufrimiento” se muestra la génesis de un artículo sensacionalista, y lo que de “reality show” hay en nuestras vidas.
Tanto un relato como otro aluden al control en el que vivimos sometidos, en nuestras compras y decisiones vitales o en nuestros entretenimientos, basados en las miserias ajenas y el regocijo por las adversidades de los demás. De hecho, ese continuo análisis del mundo afecta incluso a los propios analistas, haciéndolos a su vez objeto de manejos.
En “El alma es una forja” Foster Wallace plantea el escenario de la infancia como el lugar que determina la forma de ser y pensar. Así, el pasado acude gustoso a la cita con nuestros sentimientos y, sobre todo, con nuestros miedos, definiendo nuestra personalidad por encima de cualquier influencia escolar o disciplinaria. Son las relaciones con los amigos y con la familia las que moldean el carácter. El entorno sirve para controlarnos y para educarnos, y también para dirigirnos y ayudarnos a decidir.
“Otro pionero” ahonda en estas reflexiones al narrar la historia de un superdotado que nace en el seno de una sociedad primitiva. A lo largo del relato vamos asistiendo a la estructuración de roles sociales en función del aprovechamiento que nuestros actos reportan en los demás y los actos de los demás en nosotros mismos. David Foster Wallace expone así la retroalimentación que se da con las relaciones entre los seres humanos y la dependencia psicológica que podemos llegar a tener de alguien que responda las preguntas que preferimos no hacernos (a dónde vamos, de dónde venimos o quiénes somos).
Desde el punto de vista formal emplea notas a pie de página, lenguaje científico-técnico y siglas de toda clase, lo que supone textos difíciles, de frases largas y trabajadas, con lo que pretende transmitir la sensación de ajenidad que le provocan las relaciones humanas. Este lenguaje lastra en ocasiones la narración, haciéndola un tanto inaccesible o, cuando menos inasible, como si el hilo conductor se escapara entre los dedos de Foster Wallace. En el árbol de la narración termina perdiéndose en las ramas: se trata de una voluntad por parte del autor de ser absolutamente moderno, que diría Rimbaud, de exteriorizar mediante el lenguaje las posibilidades expresivas de la “modernidad” como palabra agresiva y revolucionaria. La televisión, la publicidad, el desamor, las guerras, todo ayuda a nuestra destrucción, a nuestra definitiva extinción.

(Extinción, de David Foster Wallace, Mondadori, Barcelona, 2005)

Publicado en la revista Clarín, núm. 61.

“El hermano de las moscas”, de Jon Bilbao agosto 13, 2009

Posted by joseangelgayol in Novelas.
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La primera novela de Jon Bilbao es un ejercicio de precisión, un juego de relojería exacta que se afina en cada página, y avanza con decisión hasta el último punto. En sus publicaciones anteriores (3 relatos, y la participación en Ficciones) ya había demostrado esta capacidad para fabular mediante una prosa rigurosa y pulcra, una estela literaria que lleva de Cheever a Richard Ford, pasando por Cormac McCarthy. Jon Bilbao toma de la narrativa norteamericana todas las posibilidades expresivas, las hace suyas y luego las devuelve para contar una historia. Presentación, nudo y desenlace. Un novelista de madera.

En este caso, nos cuenta los padecimientos de Grego, un joven que sobrevive en Tailandia alquilando embarcaciones a turistas. Un día empieza a encontrarse mal y viaja a España a ver a su hermano Héctor. Llega el mismo día del nacimiento de la hija de Héctor y Sara. Al terremoto familiar de un nuevo miembro se une la enfermedad de Grego: se convierte en un enjambre de moscas. El proceso dura unos días, después de los cuales Grego vuelve a transformarse en ser humano, aunque con ciertas molestias. En sucesivas transformaciones, las molestias irán en aumento.

El referente principal, y obvio, de la novela es La Metamorfosis de Kafka, y al igual que en la obra del checo, en la novela de Jon Bilbao el argumento no debe oscurecer el tema: las relaciones familiares. Si Kafka traducía a la imagen de un coleóptero la difícil relación que mantenía con su padre, Jon Bilbao reflexiona en El hermano de las moscas sobre la relación entre Héctor y Grego; uno es ambicioso, serio, metódico, familiar, típico representante de la burguesía de clase alta, de casa con jardín y profesión liberal; el otro es un bon vivant, un aventurero que progresa a salto de mata, sin preocupaciones ni remordimientos. Los dos caracteres se hallan frente a frente y chocan al principio, pero menos de lo que el texto parece intuir que sucedió en el pasado. Porque muy pronto, lo que parecía una crónica del desencuentro se convierte en una crónica de la reconstrucción de un vínculo esencial. Los dos hermanos van progresivamente comprendiendo y comprendiéndose.

Portada El hermano de las moscas

Es aquí cuando se añaden el resto de variables de la ecuación literaria que el autor nos propone: Sara, la esposa que considera a su cuñado un caradura sin perdón; Carol, la canguro con la que mantiene una relación muy particular con Grego, y que podría interpretarse como un trasunto de su vida pasada; y finalmente Diana, el daño colateral, enamorada de Grego y desahuciada por una situación que no entiende. Todos estos personajes sirven a la acción.

¿Y cuál es la acción? Más bien poca, porque Jon Bilbao, como digno emulador de cierta narrativa norteamericana, no hace avanzar la trama más que en la progresiva reducción de los espacios de tiempo que median entre cada recaída de Grego. El autor describe minuciosamente (en algunos casos con innecesaria minuciosidad) el devenir diario en las vidas de los protagonistas. Sus preocupaciones, sus alegrías, sus miedos, la metamorfosis del hermano como decorado invisible de la historia, los ecos que nos llega de la urbanización, ese cuadro hipócrita, morboso, de vecinos que se comportan como porteras, con dimes y diretes sobre la vida de los demás.

El verdadero mérito de esta novela se halla en la tupida red que el autor teje para escenificar la historia. Su pormenorizada descripción, a lo largo de los años, de la familia de Héctor tiene como objetivo decir más con lo que no se narra que con lo que sí se cuenta. Los silencios juegan un papel más decisivo que las palabras. Las piezas encajan como en un puzzle. Incluso las citas que acompañan a cada parte de la novela han sido elegidas con inteligencia: un frase del personaje de La mosca de Kurt Neumann (una de las películas basadas en un correctísimo relato de George Langelaan); un pasaje de La Metamorfosis de Kafka, evidenciando la deuda literaria; una frase del norteamericano James Salter, en cuya obra Años luz narra la destrucción de una familia (¿pretende Jon Bilbao jugar al equívoco sobre el final de El hermano de las moscas?); y unos versos de John Ashbery, que remiten a penas y calamidades.

Al autor le interesa meditar sobre el engaño de las apariencias, sobre la falsedad de lo perfecto. Pero las reflexiones están desterradas de la narración, los personajes hablan, se mueven, protagonizan una vida anodina (exceptuando, claro, la peculiaridad de la metamorfosis), y el interés se mantiene porque la expresión literaria de Jon Bilbao es impecable. Cada frase está escrita de la única forma posible, con las palabras adecuadas, sin retóricas ni adornos, sin construcciones sintácticas arriesgadas. Pulcritud máxima la de una novela, en el sentido más estricto del género.

(El hermano de las moscas, de Jon Bilbao, Salto de página, Madrid, 2008)

Publicado en la revista Clarín, núm. 74.