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“Ni de Eva ni de Adán”, de Amélie Nothomb julio 21, 2009

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Leer una novela de Amélie Nothomb siempre se parece a leer otra novela de Amélie Nothomb, en el buen sentido de que la autora belga abre las puertas a un universo de leyes propias y actos concatenados bajo el signo del absurdo. Ni de Eva ni de Adán no constituye una excepción.

Esta novela se incardinaría en la vertiente biográfica de la escritora, en la senda de Estupor y temblores, Metafísica de los tubos o El sabotaje amoroso. En todas ellas la personalidad de la autora trasluce bajo la trama como un reflejo de sus obsesiones. El choque cultural, la perspectiva casi etnográfica de sus libros, son un punto positivo que Amélie reitera con acierto. Ni de Eva ni de Adán cuenta pues los años anteriores a su ingreso en el mundo laboral japonés, que narraba excelentemente en Estupor y temblores, aunque en las últimas páginas la historia se solapa con aquel estupor y completa vacíos.

Así, Ni de Eva… es una historia de amor. Quizás la primera historia de amor “convencional” que escribe Amélie Nothomb. El amor nunca está fuera de la órbita de la autora. De hecho, la belleza y la sublimación de la pasión es el principal y recurrente tema de sus novelas. En todas ellas, incluídas las que no sosn estrictamente biográficas como Atentado,  Antichrista o Diario de Golondrina, el personaje se enamora de algo o alguien, pero se trata de una fascinación estética, pura, sensible. La contraposición entre lo bello y lo feo es básica en su literatura. Su jefa, su niñera, su compañera de juegos, su hermana, Japón, China, cada persona u objeto de adoración de Amélie Nothomb o sus personajes se define por una belleza deslumbrante, arrebatadora y libre de cualquier artificio sexual. En Ni de Eva… esta pasión por la belleza nívea, etérea, de elegancia espiritual, permanece en la persona de Rinri, el novio japonés, pero se añade un componente material, sexual, agreste. Amélie Nothomb se descubre a sí misma ante la realidad.

Portada Ni de Eva ni de Adán

Hay una ausencia de implicación constante. En sus novelas, Amélie Nothomb es una observadora. Y a pesar de ser atravesada por multitud de sentimientos que destrozan sus percepciones y su sensibilidad, el personaje aparece siempre al margen, alejado y cercano. En esta novela, sin embargo, Amélie se ve en la obligación de ganar algún dinero como profesora de francés. Su primer alumno resulta ser un esbelto y peculiar japonés del que se enamora sin poder evitarlo. Lo ama todo de él, y se incluye a sí misma por primera vez.

Entiendo que Amélie vive su vida con la distancia que proporciona su megalomanía personal, su inmenso universo interior que la ata a sí misma. Pero en esta etapa Rinri ocupa un espacio trascendental y los sucesos de ese amor son como una escalera hacia la convencionalidad. Ascienden al monte Fuji, viajan a Hiroshima, viven juntos en el apartamento de una amiga o en la casa de Rinri. Amélie no pierde tampoco su posición de observadora, aunque en esta ocasión no analiza tanto la pasión amorosa que la aflige como la contraposición cultural que percibe respecto de Rinri.

Sin duda, uno de los encantos de las novelas biográficas de Amélie consiste en ese enaltecimiento de su propia persona, que no resulta fatuo sino irónico y justificable, mezclado con la estupefacción ante la realidad absurda que la rodea: en general, otro país y otra cultura, con la que, sin embargo, empatiza y se funde en la medida de lo posible. El humor de su prosa es una pátina de cordura y fina sensatez. Los diálogos son contundentes por su permanente ironía. Y sus experiencias siempre aparecen teñidas de una exaltación sentimental puramente japonesa.

Ni de Eva ni de Adán es, pues, otro vuelta de tuerca a más de lo mismo, que es distinto cada vez, porque cada novela narra hechos diferentes, historias divertidas y singulares, que apuntalan una sólida carrera literaria y una imagen siempre juvenil de la escritora belga. Esta novela no defraudará a sus incondicionales, ni modificará la opinión de sus detractores.

(Ni de Eva ni de Adán, de Amélie Nothomb, traducción de Sergi Pàmies, Anagrama, Barcelona, 2009)

Publicado en la revista Clarín, núm. 81.

“Al piano”, de Jean Echenoz julio 14, 2009

Posted by joseangelgayol in Novelas.
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Jean Echenoz es uno de los autores básicos de la actual narrativa francesa. Lamentablemente, hasta que ganó el Premio Goncourt no gozaba de demasiado predicamento en España, era casi un autor de culto que salió a la luz con Me voy. Habiéndole seguido desde hace años, uno va constatando que cada obra suya es un descubrimiento esencial, un paso de avance hacia un mundo desconocido en el que los sucesos más surrealistas pueden presentarse sin que nada perturbe la tensión dramática o la credibilidad de la historia, donde los personajes nos suenan como amigos lejanos de los que siempre se habla por sus rarezas, sin que nadie sepa a ciencia cierta a qué se dedican cuando no están, guiados por lógicas inalcanzables a través de París, Australia, Berlín o Bombay, poblando novelas que nos trasladan a realidades en las que la trama está al servicio del entretenimiento, sin menoscabar la calidad; al cabo, ganar el Goncourt resulta un suceso anecdótico, después de leer obras imprescindibles como Cherokee o El meridiano de Greewich.

echenoz

Tanto Amelie Nothomb, otra autora de referencia en las más recientes letras galas, como Jean Echenoz juegan al despiste, empezamos a leer una historia de detectives y luego resulta un drama sentimental, o un cuento de fantasmas, o un retrato autobiográfico alterado y exagerado. Los seres fantásticos conviven con los hombres en perfecta armonía, sobre un genial andamiaje literario. Si en Rubias peligrosas aparece un homúnculo, que incluso interviene decisivamente en el desarrollo de la historia, que no ve nadie aparte de la protagonista, en Al piano el protagonista es asistido por un ángel o demonio que guía sus pasos por el más allá. Al piano es una obra ambigua, que puede ser tomada como un mero divertimento del autor o bien confirmarse dentro del peculiar universo de Echenoz, para narrar una huida. En las novelas de Echenoz los personajes son permanentes fugitivos, por regla general de sí mismos o de su pasado. Los viajes suelen protagonizar gran parte del leitmotiv del autor francés. En El meridiano de Greenwich saltamos de París a una isla del Pacífico con absoluta sencillez, como si las calles de París tan renombradas por Echenoz formaran un gran universo urbano que abarcara a todo el planeta. En Me voy, el título es un presagio de una escapada y un regreso, en una estructura circular que a Echenoz le agrada visiblemente, como en Rubias peligrosas, que terminamos donde empezamos, con variaciones acordes con el desarrollo de la trama, y en este Al piano, que empieza con dos hombres que salen de la calle de Rome, y finaliza con un hombre y una mujer adentrándose en la misma calle, en un final cinematográfico que explica muchas cosas y deja otras en penumbra.

Por regla general una novela de Echenoz es una aventura increíble y difícilmente digerible en otro autor que sea él. El héroe de Echenoz actúa con razonamientos lógicos en un absurdo que le rodea sin que él parezca apreciarlo. Echenoz tiene una especial querencia por los seres imaginarios o fantasmagóricos. Beliard es el nombre elegido para bautizar a dos personajes distantes en el carácter pero comunes en su naturaleza fantástica: en Rubias peligrosas se trataba de un homúnculo, un gnomo que actuaba de conciencia de la protagonista, y en Al piano estamos ante una suerte de San Pedro estilizado y presumido que, como señalé antes, guía al pianista por los vericuetos de la muerte.

al piano

Y es que desde la primera página sabemos que Max Delmarc va a morir: “Morirá violentamente dentro de veintidós días pero, como no lo sabe, el miedo no le viene de ahí”. Max es un renombrado pianista que tiembla cada vez que se plantea la perspectiva de pisar un escenario, que fallece y que vive de nuevo para sus miedos. La novela, de hecho, se estructura en tres partes diferenciadas por el propio autor: la vida y obsesiones de Max en torno a sus actuaciones públicas, su estancia en un Purgatorio con apariencia de sanatorio mental, y su vida después de la muerte en la opción urbana. Como se puede apreciar no se trata de una novela de corte realista precisamente. Y sin embargo, los temas que se plantean son crudamente reales: la muerte, el amor no consumado, la traición o el desencanto. Y sobre todo, la continua huida de la personalidad, ese motor interno que dirige las acciones humanas.

Max vive cargando con sus culpas, que son fruto de sus propias deficiencias personales: la indecisión, la apatía, el miedo. Un atraco, probablemente la única acción valerosa que hará en su vida, le ocasiona la muerte, y a conocer a Beliard, un ángel que cae en desgracia (somos testigos privilegiados de su caída), revelándose como demonio en el Infierno; Max trabará amistad con Dean Martin y hará el amor con Doris Day, vivirá en pareja, con un hijo adoptivo de añadido, y dejará que el desencanto que presidía su vida anterior le posea de nuevo en un fatal desenlace cargado de sarcasmo.

Al piano es una novela redonda, por su narración impecable, por los temas que toca, por decirnos que la pusilanimidad lleva al ahogamiento en nuestros miedos, lo que no deja de ser una muerte como cualquier otra. Echenoz juega con las palabras, piezas de un rompecabezas que es el lenguaje, para edificar una historia absorbente, donde la primera línea sólo es el comienzo de la última.

(Al piano, de Jean Echenoz, traducción de Javier Albiñana, Anagrama, Barcelona, 2004)

Publicado en la revista “Clarín”, núm 56.

“Ácido sulfúrico”, de Amélie Nothomb julio 10, 2009

Posted by joseangelgayol in Novelas.
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La narrativa de Amélie Nothomb es esencialmente postmoderna, en su acepción de postmodernismo escéptico, como una crítica del sujeto moderno, del ser humano alienado por la televisión, y donde cualquier comprensión temporal es rechazada. Así, en un tiempo indefinido, de un país indeterminado, se emite un programa de reality show llamado Concentración. Por las calles, antes del comienzo del programa, los responsables de la cadena hacen redadas para seleccionar a los participantes, que serán recluidos en un campo de concentración a semejanza de los campos nazis. A partir de aquí las víctimas serán humilladas, golpeadas y tratadas como en un campo de concentración de verdad, para mayor regocijo de los telespectadores, los cuales podrán incluso votar a los presos que desean ejecutar.

Los niveles de audiencia se disparan en cada programa alcanzando nuevos records históricos, sin que el Gobierno intervenga, con los medios de comunicación como catalizadores del fenómeno que se desencadena (tanto con sus alabanzas como, sobre todo, con su rechazo). La autora realiza una crítica implacable contra la hipocresía de las sociedades occidentales, en las que programas denigrantes son seguidos por millones de personas, al tiempo que nadie reconoce verlos, lo que supone una negación de la responsabilidad que tenemos los ciudadanos en la actual bonanza de programas semejantes.

Portada Ácido sulfúrico

En el texto se avanzan algunas razones que pueden indicarnos con mayor o menor acierto el por qué del éxito de estos reality shows: el instinto de integración de los seres humanos en la convivencia societaria (si los demás hablan de un tema, yo tengo que saber de ese tema para poder integrarme), los atávicos impulsos que provoca el dolor y el sufrimiento ajenos, la conciencia de sentirse alejado de los peligros y penas que les suceden a los demás (lo que deriva en una mezcla de felicidad y mezquindad)…

En medio de un escenario de crueldad en el que kapos reclutados por la cadena entre ciudadanos normales (es importante este aspecto de “normalidad” que hacen más escalofriantes las posibilidades de vileza en que podemos caer todos) insultan y golpean a los prisioneros, surge una heroína y una villana, la elemental dicotomía entre bien y mal, con la particularidad de que no es el bien quien se siente fascinado por el mal, sino al revés: la kapo Zdena se enamora de Pannonique.

Zdena se siente atraída por la pureza de Pannonique, su dignidad, su magnificencia. No es nuevo en la obra de Amélie Nothomb esta clase de fascinaciones por seres puros, bellos en el sentido más estricto y objetivo posible, frescos y descarados, conscientes de su atractivo, que pueden emplear o no en su beneficio. En Higiene del asesino, Atentado, El sabotaje amoroso o Antichrista son sólo algunas de las novelas de Amélie Nothomb en las que un personaje, generalmente femenino, se ve devorado por una pasión feroz que le calcina, le construye y reconstruye, al tiempo que le sirve a la autora como vehículo para trazar el argumento de la obra.

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En Ácido Sulfúrico, la pareja de protagonistas ilustran perfectamente el mensaje pesimista de Amélie Nothomb, que se siente horrorizada ante el éxito de programas zafios y ridículos que, como una pandemia, se han extendido por la parrilla televisiva de todo el mundo. Además, el hecho de que los presos no puedan ser llamados por su nombre, sino por letras y números que les asignan una nueva identidad, subraya aún más la destrucción de su personalidad a través del nombre, y también el poder del nombre como llave para salvar vidas. Ya en Diccionario de nombre propios, Amélie Nothomb ahondaba en la importancia de los nombres como definidores de la forma de ser y sentir. En Ácido sulfúrico, el bautizo con un nuevo nombre es la puerta para dejar de ser, pero, por el contrario, también para sufrir una verdadera amplificación de los sentimientos.

En un momento de la novela, el editorial de un periódico afirma: “Cuanto más hablamos de Concentración, cuanto más subrayamos su atrocidad, mejor funciona”. Amélie Nothomb adopta, pues, una postura muy pesimista respecto al fin de esta clase de programas, sin aportar más solución que la de que sean los propios participantes de estos reality los que pongan fin a tales despropósitos. Porque los gobiernos se muestran efectivamente inoperantes para atajar el gusto indigno y escabroso de millones de espectadores que comentan, ríen, discuten y lloran ante la televisión, o sin más, presencian el drama de su propio e inadvertido reflejo.

(Ácido sulfúrico, de Amélie Nothomb, traducción de Sergi Pàmies, Anagrama, Barcelona, 2007)

Publicado en la revista “Clarín”, núm. 71.

Richard Ford: la vida que pasa julio 2, 2009

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En 1990, y con cuatro años de retraso, se publicó en España El periodista deportivo (Anagrama, Barcelona) de Richard Ford.

“Me llamó Frank Bascombe y soy periodista deportivo.” (pág. 9).

Así comienza una larga crónica de América, que Richard Ford prolonga durante tres excelentes novelas y que en 2008 ha tenido su punto final. De momento. Pero el principio estaba ahí, en esa primera frase definitiva y sólida. Frank Bascombe se presenta e inicia un diálogo con el lector (son frecuentes las interpelaciones del tipo: “déjenme que les diga una cosa…”) que servirá de canalización para los pensamientos de Frank Bascombe y, en cierta manera, para las reflexiones del propio autor sobre la vida.

Frank es periodista deportivo, tiene treinta y ocho años, un matrimonio pasado, una novia presente, dos hijos vivos y uno fallecido. Y Frank Bascombe es feliz. Porque cuando Richard Ford habla en diversas entrevistas de la génesis de Frank Bascombe nos descubre que su idea inicial era contar la vida de un hombre feliz. Vicki Arcenault, su novia actual, es una chica de buena familia, del Medio Oeste, con largas piernas, hermosa e inteligente. El trabajo de Frank Bascombe le deja tiempo libre para disfrutar de ella y de sus amigos, y le permite viajar por los Estados Unidos conociendo a personajes interesante, viejas glorias del deporte o grandes estrellas. Así, El periodista deportivo parece tratar de un hombre feliz, pero a lo largo de la novela vamos descubriendo que, no sólo no es feliz, sino que además su vida consiste en una patética búsqueda de la felicidad.

Portada El peridista deportivo

Lo habitual en la literatura es narrar las catarsis, los momentos de tensión o decisión, la preparación de la anagnórisis final o revelación de la realidad… Nada más lejos en el caso de El periodista deportivo o de sus secuelas. En las novelas de Richard Ford la trama pasa plácidamente como un río, quizás con algún salto, algún pozo, algún rápido, pero las aguas narrativas mantienen un constante devenir de meandros turbulentos hacia la desembocadura.

Al mismo tiempo, lo importante de El periodista deportivo es lo que Frank Bascombe aporta sobre América, la visión del norteamericano pudiente, de las urbanizaciones de Nueva Jersey o cualquier otro sitio de clase media, y lo hace con una viveza absoluta. El periodista cuenta su historia y la de las personas que conoce, y a través de estas reflexiones vamos apreciando los matices de una forma de vida aparentemente perfecta.

Porque paradójicamente Bascombe no cifra su felicidad en los logros materiales. Son casi una consecuencia imprevista. Será a partir de las reflexiones sobre su pasado, a lo largo de la novela, cuando empiece a concienciarse de que no es feliz. No le gusta la vida de los demás, pero descubre que tampoco le gusta la propia.

¿Cómo consigue el autor transmitir con tal realismo una crónica social y humana de América sin que la narración personal del periodista pierda fuerza?

Richard Ford acude a una valoración constante de lo que ve y, a la vez, intercala episodios de su vida pasada. Frank estuvo casado con X.

“X nació en Birmingham y es la típica[1] chica de Michigan, chapada a la antigua. La conocí en Ann Arbor. Su padre, Henry, era uno de los más destacados progresistas de su generación.” (pág. 15).

Aquí se aprecia la primera característica de la prosa de Ford: la recurrencia a la procedencia del personaje como excusa o explicación psicológica de su comportamiento. Los amigos se “clasifican” por el rol social que cumplen: trabajo, universidad, procedencia… Cada personaje que aparece en El periodista deportivo es tratado a partir de su lugar de nacimiento o cómo y dónde Frank entabló relación con él. Y las generalizaciones son utilizadas como caracterizaciones de una persona, y también de la sociedad. El escritor aprovecha el recurso literario para presentar un espejo ante el lector: un espejo o una ventana a través de la cual se expresa la novela.

Por esa razón, los comportamientos de los personajes son “típicos” de un determinado lugar y sirven de rostro psicológico al personaje:

“—Clary está dormida. Mamá esta viendo noticias —dijo Paul, adoptando el estilo de su madre de suprimir los artículos determinados, un estilo muy típico del Medio Oeste.” (pág120).

“La suya es una actitud muy típica de Michigan.” (pág. 344).

Aunque no todos los personajes sean tan “típicos”, sí que su lugar de nacimiento o donde viven tiene importancia para Frank Bascombe, y las generalizaciones le sirven de definición:

“Fincher es uno de esos sureños larguiruchos, de manos velludas, caderas caídas y un tanto afeminado, que generalmente se convierten en aburridos abogados o médicos.” (pág. 76).

“Lo cierto es que  vivir en una ciudad con un seminario es una revelación, porque la mayoría de los seminarista, como Caspar, no son los típicos santurrones y piadosos, sino gente inteligente, liberales de la Ivy League casados en segundas nupcias con huesudas y bronceadas mujeres, y que en las fiestas pegan la hebra con cualquiera, beben whisky y hablan de sus apartamentos de veraneo en Telluride.” (pág. 226).

También las descripciones de los lugares están impregnadas de esa tendencia a la generalización como simplificación definitoria, o como palanca para emitir un juicio de valor o una reflexión personal sobre la vida o las gentes que conoce:

“A las cuatro y media llegamos a la habitación. Un pulcro rectángulo de pretencioso pseudolujo tipo Medio Oeste.” (pág. 132).

“Odiaba aquella rígida atmósfera de privilegio, y los sordos y crispados ruidos del ambiente exclusivo del Medio Oeste.” (pág.75).

Richard Ford categoriza a las personas. Crea grupos homogéneos que le ayudan a la hora de esbozar sus propuestas psicológicas, creando en el lector la sensación de que en los Estados del Sur existen grupos de hombres “larguiruchos, de manos velludas…”. Obviamente esto no es así, pero sirve perfectamente para transmitir esa sensación de desprecio que Frank siente por Fincher o los sentimientos encontrados sobre su ex mujer o su novia Vicki. Una novia que tiene un papel fundamental en la novela.

El tiempo literario de El periodista deportivo y del resto de novelas de la serie, está muy comprimido y centrado en alguna fiesta. En este caso, la acción transcurre durante un fin de semana de Pascua (en otras se ambienta durante un Día de la Independencia o de Acción de Gracias). Frank es invitado por Vicki a cenar en su casa, y conocer a su familia. Es un paso importante para Frank, porque sabe que eso va a definir su relación con Vicki de forma cierta, más trascendental que hasta entonces.

Antes, Frank verá a su ex mujer en el cementerio al que van a visitar a Ralph Bascombe, el hijo muerto de ambos. La sombra de este hijo va a planear sobre las tres novelas, y su reflejo será en muchas ocasiones reflejo del estado de ánimo de Frank Bascombe.

Richard Ford aprovecha para intercalar la historia del periodista deportivo utilizando como detonante pequeños detalles del presente. Cada encuentro, cada paso que da el periodista deportivo, es una excusa, una metafórica magdalena, para retroceder en el tiempo y ver qué sucedió para hallarse en ese punto. Quizás también para plantearse qué pudo salir mal. La literatura de Ford es, en este sentido, un literatura de pensamientos, de posibilidades, de alternativas, de constante meditación, y él mismo lo reconoce a través de Frank Bascombe, que había escrito un libro de cuentos de cierto éxito, y tenía una novela inacabada en el cajón:

“[…] ¿qué es la literatura sino alguien que te dice lo que otro está pensando?” (pág. 87).

Tras la muerte de su hijo, Frank Bascombe cae en una depresión, que en ningún momento se expresa de manera directa, pero que subyace bajo el comportamiento errático de un Bascombe absolutamente descentrado. Empieza a tener aventuras, y Frank y X se convierten en dos extraños que habitan la misma casa. La tensión de una convivencia sin vivencias comunes hace insoportable la vida “feliz” de Frank Bascombe y su mujer.

Tras un periodo durante el que Frank cambia el periodismo deportivo para impartir clases de literatura, una aventura rompe definitivamente el matrimonio. Frank y X se divorcian. Él se queda en la casa de Haddam y acuerdan un régimen adulto y civilizado de visitas para seguir manteniendo el contacto con los hijos.

Portada El Día de la Independencia

Luego, Frank conocerá a Vicki Arcenault y la vida se recompondrá para él. Encontrará de nuevo esa rutinaria felicidad de la cotidianidad que tanto aprecia el protagonista:

“No me gusta que las cosas se acaben, ni siquiera que cambien.” (pág. 265).

Frank ama el presente, no quiere mirar hacia un futuro nebuloso, sobre el que él no tiene, o cree que no tiene, capacidad de actuación. Y al mismo tiempo, tampoco desea mirar al pasado, quizás porque tiene miedo a ese pasado que define un carácter y una persona desde el mismo momento del nacimiento:

“Pero yo no soy víctima del pasado.” (pág. 318).

Y sin embargo, toda la novela es una continua referencia al pasado. Su pasado influye en él, aunque no quiera reconocérselo ni reconocerlo ante los demás. Frank Bascombe es un hombre temeroso, con miedo a perder lo que ha logrado: un trasunto de la conservadora sociedad americana, que sólo cambia para mantenerse como está. La felicidad, que no es tal felicidad, es, sin embargo, un espejo de la calle del Gato, que le sirve al ciudadano americano para creer que todavía sigue vivo. Y en ese juego de espejos, Richard Ford aporta el suyo para mostrarnos la realidad de una infelicidad taimada y cruel.

El estilo de vida americano, que Ford retrata con maestría, se tambalea a poco que se inicie una reflexión al respecto. No quiere decir que sea ineficaz. Frank Bascombe no duda de que vive en el mejor país posible. Simplemente, va descubriendo que los logros sociales son importantes para todo el mundo, y quiere creer que también para él. El individualismo del estilo de vida americano, el respeto a la intimidad desde niños, la tolerancia con las opiniones ajenas… Frank Bascombe no responde a ese modelo. Se preocupa por su hijo mayor, quiere entenderle, se inquieta por la situación internacional o la política de su país, va de lo global a lo particular.

El caso es que Frank vive marcado por la muerte de su hijo, el divorcio de X y sus relaciones anteriores. Todos son hechos del pasado que influyen en su presente y le impiden, además, dar un paso adelante en su relación con Vicki. El hombre al que no le gustan los cambios ha sido escritor, periodista, profesor… ha tenido muchas relaciones, algunas de una noche, y cada minuto de la vida de Frank Bascombe es un continuo interrogante sobre su presente.

¿Qué será de él? ¿Cuándo encontrará su lugar? Frank prefiere seguir como está y la entropía de la vida le obliga a cambiar constantemente para seguir caminando. ¿Hacia dónde?

De mano, hacia un Día de la Independencia de cinco años después, donde volvemos a reencontrarnos con Frank Bascombe (El Día de la Independencia, Anagrama, Barcelona, 1998), que ha entrado por nuevos caminos, con las mismas preocupaciones.

Frank ha dejado el periodismo deportivo, y después de descubrir que no era tan feliz como pensaba, se interesa por el negocio inmobiliario. Las inversiones en bienes raíces le dan una sensación de seguridad muy parecida a la felicidad. Y hay que entender, a la vez, esta felicidad como “seguridad”, que es la felicidad del hombre medio americano. Para Frank Bascombe la seguridad es muy importante. Es la base de su felicidad.

Si en El periodista deportivo su vida se caracterizaba por una ausencia de estabilidad (un trabajo intelectual, una novia, amigos solteros, despreocupación por el futuro) ahora Bascombe quiere estar seguro de las cosas. No se compromete para no fallar. No habla a la ligera. No da nada por sentado.

Cinco años antes, Bascombe veía la vida con distanciamiento. Todo le era ajeno. Incluso su ex mujer. Sin embargo, en El Día de la Independencia, Bascombe nos revela su nombre: Ann. ¿A qué puede deberse esto? Pueden apuntarse varias razones y todas pertinentes para entender el global de la saga de novelas.

En la primera novela la mujer, a pesar de lo que parece en un principio, no es decisiva. Su personaje no delimita el tema de la narración. En El periodista deportivo lo importante era lo que Frank Bascombe veía del mundo, y que le servía para interrogarse sobre su situación.

El Día de la Independencia trata sobre la percepción que Frank Bascombe y los demás tienen de él. Ha asumido la presencia o ausencia de Ann como un termómetro de su vida:

“[…] es posible decir que el que mi antigua mujer se haya vuelto a casar y se haya trasladado a Connecticut es lo que me trajo a donde estoy.” (pág. 119).

Y al mismo tiempo, su ex mujer ya no es tan importante, porque Frank ha entrado en lo que él llama el Periodo de Existencia, y que se caracteriza por la doble sensación de que nada puede resistírsele y que, sin embargo, está limitado por el hecho de ser una persona, una existencia concreta. Por ello inicia una serie de proyectos vitales, que está convencido de alcanzar y que configuran un nuevo Periodo de Existencia diferente del comportamiento errático que le llevó a sabotear, es consciente de ello, su matrimonio.

Entre sus nuevos proyectos el más importante es conocer a su hijo Paul. El joven ha tenido problemas con la ley, travesuras sin importancia, pero que denotan un cuadro psicológico inestable, una época de cambios para el chico que provoca su desorientación. Frank Bascombe piensa que es el momento oportuno para acercarse a él. Quizás incluso que venga a vivir a Haddam.

Así que planea pasar el fin de semana del Día de la Independencia con Paul, visitando museos locales y pasando el tiempo juntos. Conociéndose. El respeto a la individualidad tan típicamente americano cae ante la necesidad de ayudar a su hijo. Frank quiere comprenderle y no dudará en presionarle ligeramente con preguntas dirigidas a entender por qué se comporta mal con su padrastro o por qué rompe cosas o grita sin venir a cuento. La relación con su hijo es el eje vertebrador de la novela, quizás porque Frank siente que su felicidad se acerca a los ideales que tan lejanos veía.

No obstante, su preocupación por la dirección que sigue la sociedad americana se mantiene. Una compañera de trabajo en la agencia inmobiliaria es asesinada, y este hecho desencadena una meditación profunda sobre la seguridad supuesta en la que viven los americanos. Frank Bascombe vive inquieto por su familia, su nueva novia (Sally) y sus amigos. Ciertos detalles, como la vigilancia ciudadana en el barrio donde tiene dos propiedades, revelan una incertidumbre sobre los peligros que acechan a “ciudadanos normales” que quieren vivir sus vidas apaciblemente.

Un personaje secundario, Joe Markham, sirve a Bascombe de contrapunto en sus reflexiones. En este sentido, el Periodo de Existencia resume todo un abanico de sentimientos encontrados. Ahora, cinco años después, Frank Bascombe es más cínico, realista y descreído. No confía, teme el dolor. Rechaza comprometerse con Sally, no corresponde a su amor por el riesgo de sufrir daño. No espera nada de la vida. Sólo se plantea retos y trata de cumplirlos.

“Cuando me divorcié, prometí no quejarme nunca de cómo resultaran las cosas. Y no exagerar es un modo de asegurarme de que no tengo nada de qué quejarme.” (pág. 215).

Frank Bascombe no es un hombre malo. En su vida adopta una actitud ética. Quiere teñir de cierta moralidad la justificación de sus actos. Incluso cuando vende una casa, Bascombe trasciende el propio hecho de la venta como mera transacción material:

“Otro agente inmobiliario adoptaría una actitud arrogante hacia los Markham por ser unos burros sin remedio que no saben reconocer un buen negocio aunque se lo pasen por delante de las narices. Pero para mi es una causa noble ayudar a los demás cuando se encuentran ante una elección difícil, guiarles hacia una reconciliación con la vida. En este caso, les ayudo a creer que lo que deberían hacer es alquilar (que es inteligente y prudente), alimentando la fantasía de que cada uno obra en su propio interés al intentar que el otro sea feliz.” (pág. 519).

A lo largo de la novela sus pensamientos van en esa dirección: una voluntad de analizar su propio comportamiento bajo el tamiz del optimismo. Bascombe se ha vuelto prudente, pero ve el Periodo de Existencia como una oportunidad para mejorar como persona, y también como ciudadano.

Ralph, el hijo muerto, es una sombra que se cierne sobre las conversaciones de la pareja (Ann y Frank), pero ya no es esa presencia persistente y abrasadora de El periodista deportivo. Bascombe empieza a encontrar su lugar en el mundo. Las cosas parecen seguras vistas desde la óptica adecuada. Aunque sospecha que cualquier imprevisto pueda entorpecer su camino a la felicidad…

Y los imprevistos aparecen con la mayor de las crueldades en Acción de Gracias (Anagrama, Barcelona, 2008), la novela que cierra el ciclo narrativo de Bascombe, y que abarca un arco temporal mayor que las anteriores entregas (la semana previa al fin de semana de Acción de Gracias, y el mismo fin de semana incluido). El Periodo de Existencia da paso a lo que Bascombe llama el Periodo Permanente, que él mismo define como

“la época de la vida en la que lo poco que uno dice viene entre comillas, cuando no hay muchas voces disidentes que te musiten dudas en la cabeza, donde el pasado parece más genérico que específico, cuando la vida es más destino que viaje y donde uno es más o menos como la gente lo recordará una vez que haya palmado; en otras palabras, cuando la integración personal […] por fin se ha realizado.” (pág. 74).

De esta definición se extraen conclusiones interesantes para entender la mentalidad del nuevo Frank Bascombe. En las tres novelas del ciclo, pero especialmente en las dos anteriores, los trayectos en coche por la carreteras de Nueva Jersey y otros Estados se convierten en un trasunto del viaje vital de Frank Bascombe:

“Al pasar, les sonrío, luego salimos del Pheasant Meadow por el camino de acceso a la Ruta 33 y la NJTP.” (El periodista deportivo, pág. 63).

“Varios coches se han detenido en la Route 7, y las ráfagas de luz iluminan las caras de los gilipollas que los conducen.” (El Día de la Independencia, pág. 251).

“La carretera nunca es aburrida, vayas a donde vayas. Y a mí siempre me interesa ver lo que hay de nuevo, lo que está perdido, lo que puede realizarse, lo que nunca se hará.” (Acción de Gracias, pág. 39).

Pero ahora encontramos que Frank piensa en la vida como “más destino que viaje”. Me parece un cambio trascendental. El Periodo de Existencia es un fotografía de “como la gente lo recordará una vez que haya palmado”. De ahí se trasluce una necesidad de vivir el presente de manera definitiva y sin la impronta decisiva del pasado. Para Frank Bascombe vivir a los cincuenta y cinco años supone instalarse en lo que uno hace a cada momento, reflexionar sobre si se es bueno o malo, sobre la trascendencia de nuestros actos. Y punto.

Portada Acción de Gracias

Sin embargo, esto es precisamente los que Bascombe lleva haciendo toda su vida y que nosotros, lectores, apreciamos en el devenir de la trilogía del periodista deportivo: su vida ha sido una constante reflexión sobre sí mismo y el mundo que le rodeaba. Este aspecto no ha cambiado ni cambiará, porque es parte consustancial de su forma de ser. Frank seguirá volviendo al pasado como explicación del presente, en una contradicción muy humana por su parte.

Para Frank la vida de sus vecinos, el lugar en el que vive es algo esencial como definidor de carácter y expectativas, y esto ya aparecía en El periodista deportivo, donde la procedencia  de una persona servía de mecanismo para etiquetar caracteres y sentimientos.

Necesita el espejo de la comunidad en la que vive para sentirse menos solo, en la dirección adecuada o simplemente para pensar que el mundo tiene algún sentido. Para entenderse así mismo. Esos viajes infinitos por Garden State (apelativo de Nueva Jersey) son una muestra, o mejor reflejo, de los viajes al interior de su personalidad.

Y, como ya se reiteró, la búsqueda de Bascombe es la búsqueda de la seguridad como sinónimo de felicidad. Porque en Acción de Gracias Bascombe ha sufrido y sufre vaivenes vitales difíciles de conciliar para cualquier persona. Con cincuenta y cinco años encontramos que Frank se ha trasladado a Sea-Clift, una localidad costera de Nueva Jersey (ha abandonado, por tanto, su querido Haddam, aunque volverá por allí con resultados imprevistos), es dueño de su propio negocio inmobiliario, se ha casado con Sally (su novia en El Día de la Independencia), y después ésta se ha ido con su ex marido (a quien no veía en treinta años) para definir mejor ese vacío.

Son muchas cosas las que han sucedido y Frank reflexionará en ellas volteando el prisma del pasado en diferentes direcciones, tratando de encontrar un sentido a ese sentimiento de inseguridad permanente que le atrapa. Por si fuera poco, le detectan cáncer de próstata y es intervenido a vida o muerte.

Estamos a finales del año 2000 y una pregunta premonitoria es realizada por uno de los personajes, una pregunta que define, quizás, todo el ciclo narrativo de Bascombe:

“¿Te imaginas, Frank, si pasara algo en este país que hiciera simplemente imposible la vida normal?” (pág. 429).

Bascombe responde que no. A lo que el interlocutor conviene en términos contundentes:

“No. Claro que no. Yo, tampoco —afirma él—. Pero quiero creerlo. Y eso es lo que de verdad me asusta. Y no pienses que en esos países que nos odian se van a quedar de brazos cruzados relamiéndose ante el espectáculo que estamos dando, haciendo el gilipollas para ver cuál de esos capullos nombramos presidente.” (pág. 430).

Estamos en plenas elecciones Bush-Gore, y los atentados del 11S quedan aún lejos. Pero la premonición de este diálogo recuerda a aquella conversación que el tío Iturrioz tiene con Andrés Hurtado en El árbol de la ciencia acerca del desastre que para España iba a suponer la Guerra de Cuba.

Richard Ford denuncia, a través de la inseguridad que la política estadounidense crea para los ciudadanos, la corrupción moral de toda una sociedad. Pero no se trata de una denuncia en tono religioso o puritano, sino al contrario una denuncia laica y racional, meditada, consecuente. Los desmanes políticos en Estados Unidos tambalean la existencia de los norteamericanos, y el simbolismo de las fiestas típicamente norteamericanas como el día de Acción de Gracias o el Día de la Independencia se ve empañado por las desgracias vitales de un solo individuo: Frank Bascombe. Como si el derrumbe de diversos aspectos de su vida en esas fechas fuera un trasunto del derrumbe que acaece en el rumbo de la sociedad norteamericana.

Acción de Gracias es la más violenta de las tres novelas del ciclo de Bascombe, la más cruda, la más terrible en sus motivaciones y en sus consecuencias. Y es que en las novelas de Richard Ford parece que no sucede nada, y lo que sucede es lo más importante: el devenir de la vida con esos pequeños detalles que nos hacen humanos, felices o desdichados, pero humanos al fin. Porque la felicidad no depende de esos detalles.

El periodista deportivo empezaba con un hombre feliz, y Acción de Gracias termina con una sentencia lúcida y contundente sobre la inexistencia de la felicidad. La vida real

“es diferente y no puede siquiera apreciarse con un simple “feliz”, sino sólo en términos de “Sí, me lo llevo todo”, o “No, creo que no”. Decir que alguien es feliz, como afirmaba mi pobre padre, es una tontería. Feliz es el payaso del circo, una teleserie, una tarjeta de felicitación. La vida, sin embargo…, la vida es algo más duro. Pero también mejor. Mucho mejor. En serio.” (pág. 390).

Publicado en “Clarín. Revista de nueva literatura”, nº 79


[1] En todos los casos que aparece esta palabra o sus derivados la cursiva es mía.